jueves, 16 de junio de 2011

Capitulo 16.

En un pequeño callejón, en el interior de un sencillo garaje, está Sergio, el mecánico. Viste un mono azul oscuro con un rectángulo blanco, verde y rojo de Castrol en la espalda. No se sabe muy bien si ha sido esponsorizado por las carreras que hizo hace algunos años o por todo el aceite que cambia alas motos. El hecho es que, cada vez que le llevan una, sea cual sea el problema que tenga, después de haberla probado, acaba diciendo siempre lo mismo: «Le haremos unas cuantas reparaciones y luego le cambiaremos el aceite.»
Mariolino, su ayudante, es un chico con aire de ser poco despierto. Considera a Sergio un genio, un ídolo. Un dios del motor. Mariolino pone siempre el disco de Battisti cuando trabajan. Cuando en la canción Si, viaggiare llega la estrofa que dice «quel gran genio del mio amico, lui
Saprebbe come fare, lui saprebbe come aggiustare, ti regolerebbe il minimo alzándolo un  po'», Mariolino sonríe siempre abiertamente.
—Coño Se', habla propio de ti, ¿eh?
Sergio sigue trabajando y luego se pasa una mano por el pelo dejándolo todavía más grasiento.
—Por supuesto, no creo que se refiera a ti. Tú con un destornillador en la mano haces solo desastres, milagros no, desde luego.
Una vieja Free azul empujada por un pardillo con gafas se detiene delante del garaje. Han llegado los dos. La Free tiene bloqueada la rueda posterior. El alelado se quita las gafas y se enjuga el sudor de la cara. Sergio se ocupa de la moto. Decidido y seguro le quita el cubrechasis. Parecería un cirujano si no fuera porque no lleva guantes y porque tiene las manos sucias de aceite. Un cirujano, además, no elegiría nunca un ayudante como Mariolino. El pardillo se queda delante de él. Observa inquieto a aquel lento mecánico seccionar su Free. Como el familiar de un paciente, preocupado no tanto por cuánto pueda ser de grave la enfermedad como, mucho más materialista, por cuánto pueda costar la operación entera.
—Hay que cambiar el variador, no es una broma.
La moto de Zac frena delante del garaje. Dando gas por última vez deja oír hasta qué punto aquella VF 750 no necesita mínimamente que la arreglen. Sergio se seca las manos con un trapo.
—Hola, Zac, ¿qué pasa? ¿Algún problema? —Zac sonríe. Da unas afectuosas palmadas sobre el depósito de su Honda.
—Esta moto desconoce esa palabra. Hemos venido a recoger el cacharro de Pollo. —Pollo se ha acercado mientras tanto a su moto. La vieja Kawa 550. El trágico «ataúd».
—Está arreglada. He tenido que cambiar los pistones, las bandas y todo el bloque del motor. Algunas piezas te las he puesto usadas. —Sergio enumera otros trabajos bastante caros—. Y, además, le hemos cambiado el aceite. —Pollo lo mira. No conecta con él. Sergio ni tan siquiera prueba—.Pero esto no te lo añado a la cuenta. Es un regalo.
Hace un año, Sergio tuvo una violenta discusión con ellos que le enseñó el modo en que había que tratarlos.
Es primavera. Zac le trae su Honda recién comprada para hacerle la revisión.
—Habría que echar también un vistazo al cubre motor lateral que vibra…
Algunos días después, Zac vuelve al garaje de Sergio para recoger su moto. Paga la cuenta sin discutir, incluido el cambio completo del aceite. Pero cuando prueba la moto, el cubre motor sigue vibrando. Zac vuelve al garaje con Pollo y se lo dice. Sergio le asegura que la ha arreglado.
—De todos modos, si quieres te la arreglo de nuevo, solo que tienes que pedir una nueva cita y, naturalmente, pagarme el trabajo.
Por si fuera poco, Sergio comete un enorme error. Acercándose a Zac, le da unas palmaditas en el hombro y, sobre todo, tiene una salida realmente desgraciada.
—A saber, además, cómo llevas la moto. Por eso has roto otra vez el cubre motor.
Zac pierde los estribos. Su moto es, junto a Pollo, la única cosa que le importa realmente. Además, odia a aquellos que le tocan al hablar.
—Te equivocas. Es mucho más fácil romper las piezas laterales de una moto. Mira, eh…
Zac va al fondo de la fila de motos que hay delante del garaje. Da una patada violenta a la primera. Una Honda 1000, roja y pesada, cae sobre la que está a su lado, una 500 Custom perfectamente conservada. También esta se cae, sobre una Suzuki 750 y, más allá, sobre un SH 50 blanco y ligero. Motos caras y que están de moda, motos nuevas y modelos antiguos caen unas sobre otras con un ruido de chatarra increíble, acabando en el suelo arrastradas por aquella ola de destrucción, como un pequeño gran dominó, jugado a un alto precio. Sergio intenta detenerlas. En vano. También la última Peugeot cae al suelo de lado destrozándose el costado. Sergio se queda horrorizado. Zac le sonríe.
—¿Has visto lo fácil que es? —Antes de que Sergio pueda decir algo, Zac prosigue—: Si no me arreglas enseguida la moto te incendio el garaje.—Apenas una hora después, el cubre motor está arreglado. Desde entonces, no ha vuelto a vibrar. Zac, por descontado, no pagó nada.
El pardillo espera silencioso en un rincón, mirando preocupado su Free con el motor abierto. Zac entra a coger las llaves de la Kawa de Pollo.
—Está bien, muchacho. Déjamela. Veremos lo que puedo hacer. —Esta última frase aumenta un poco más la preocupación de aquel memo. Piensa justamente que su Free se encuentra ya en una fase terminal.
—¿Cuándo puedo pasar?
—Mañana mismo. —El joven gafotas se siente un poco aliviado al oír esas noticias. Sonríe y se aleja estúpidamente feliz. Sergio le entrega las llaves a Pollo. La Kawasaki vuelve a rugir de nuevo. El humo sale potente de los silenciadores. Las revoluciones suben veloces. Pollo da gas una o dos veces, luego sonríe feliz. Zac lo mira. Es como un niño. Pollo sonríe algo menos cuando Sergio le hace la cuenta. Pero se la esperaba. Ha gripado y cambiar los pistones y todo el resto no es en absoluto una broma. Pollo consigue pagar la cuenta por un pelo. Sergio se mete el dinero en el bolsillo. Naturalmente, no emite ninguna factura.
—Con cuidado, Pollo, ahora es como si estuviera en rodaje. Ve despacio. —Pollo suelta el puño del gas.
—Coño, es verdad, no lo había pensado. Esta noche hay carrera y yo sigo de todos modos sin la moto. Todo este lío no ha servido para nada.
Pollo mira a Zac.
—Pero tú podrías…
Zac, pillando al vuelo a dónde quiere llegar, hace callar a su amigo.
—Alto. Frena. Mi moto no se toca. Te presto lo que quieras, pero la moto no. Por una vez te puedes limitar a mirar, ¿eh?
—Sí, venga, ¿y yo qué hago?
—Me animas a mí, yo esta noche corro.
Sergio los mira con una cierta envidia.
—¿De verdad vais al invernadero?
—Ven, ¿no? Podemos quedar e ir juntos.
—No puedo. Por cierto, ¿Siga va todavía por allí?
—Claro, siempre está allí.
—Bueno, dadle recuerdos. Le he hecho ganar, ¿eh?
—Bueno, como quieras. Si cambias de idea ya sabes dónde estamos.
Pollo y Zac se despiden de él y, a continuación, meten la primera. Pollo da gas varias veces para calentar bien el motor. Acto seguido, al oír aquel bonito ruido profundo y seguro se dobla y acelera haciendo el caballito. Zac lo sigue, levanta la rueda delantera y acelerando se aleja con su amigo por la calle principal. Sergio vuelve a entrar en el garaje. Mira las viejas fotos que hay colgadas en la pared. Su moto, las carreras. Era invencible. Ahora son otros tiempos, han pasado muchos años, es tarde. Recuerda lo que le dijo una vez un amigo: «Crecer significa no volver a correr a doscientos.» Puede que sea verdad. Él ha crecido. Ahora tiene responsabilidades. Una familia y también un hijo. Sergio se acerca a la vieja radio sobre la mesa sucia de aceite. Mete de nuevo la cinta. Es la única que tiene. Hace años que escucha siempre las mismas canciones.
«Probablemente, mis padres no me deseaban a mí, sino a otro hijo», piensa Sergio.
Luego mira a Mariolino. Ahí está, inclinado sobre la motocicleta que se ha quedado abierta en medio del garaje. «No es solo cuestión de células», piensa Sergio. Mariolino se vuelve hacia él.
—Ah, Se', pero ¿qué tiene este Free?
—Ay Marioli', ¿no ves que ese chico es bobo? Lo ha puesto sobre la bicicleta y se le ha atascado la rueda. La Free no tiene nada, mueve la palanca del variador y hazle un buen cambio de aceite, verás como luego arranca sin problemas.
Mariolino se inclina sobre la Free. Emplea algunos minutos antes de encontrar la palanca. Sergio sacude la cabeza. Es cierto, cuando se tiene un hijo, uno deja de ir a doscientos por hora. Cuando el hijo en cuestión es Mariolino uno ya no va a ninguna parte. Sergio coge la cazadora y se la pone sobre el mono. Decide arriesgarse y salir de todos modos.
—Vuelvo enseguida.
Mariolino lo mira preocupado.
—¿Adónde vas, papá?
—A comprar los grandes éxitos de Battisti. Han salido hoy. Ya es hora de que cambiemos de cinta.

miércoles, 15 de junio de 2011

Capitulo 15.

Paolo, el hermano de Zac, está en su despacho. Vestido elegantemente, sentado en un escritorio que no le desmerece, controla algunos expedientes del señor Forte, uno de los clientes más importantes de la financiera. Paolo ha estudiado en la Bocconi. Diplomado con matrícula de honor, volvió de Milán y encontró de inmediato un magnífico puesto como asesor fiscal. No por nada, es un bocconiano. La verdad es que fue el padre quien, bien relacionado, lo recomendó en su momento, pero lo cierto es que el hecho de que aún conserve el puesto y la estima es todo mérito suyo. Aunque también hay que reconocer que en aquella financiera no han despedido nunca a nadie.
Una joven secretaria con una camisa de seda color crema, tal vez demasiado transparente para aquel mundo de impuestos y desgravaciones fiscales donde la transparencia no está precisamente al orden del día, entra en el despacho de Paolo.
¿Señor?
Sí, dígame. Paolo deja de revisar las cartas para dedicarse por completo al sostén de la secretaria y, acto seguido, a aquello que le tiene que decir.
Ha venido su hermano con un amigo. ¿Lo dejo entrar?
Paolo no tiene tiempo de inventar excusa. Zac y Pollo irrumpen en el despacho.
Claro que me deja entrar. ¡Soy su hermano, coño! Sangre de su sangre, señorita. Nosotros compartimos todo. ¿Ha entendido? Todo. —Zac toca el brazo de la secretaria aludiendo de este modo a la eventual aunque remota posibilidad de que a Paolo aquella joven y atractiva muchacha, además de los expedientes y la lista de las llamadas, le pase algo más—. De manera que yo siempre puedo entrar aquí, ¿verdad Pa´? —Paolo asiente.
Claro. —La secretaria mira a Zac; a pesar de estar acostumbrada a tratar con señores más mayores, falsos y encorbatados, lo trata con respeto.
Lo siento. No lo sabía.
Bueno, pues ahora lo sabe. —Zac le sonríe. La secretaria mira el brazo de Zac.
¿Puedo irme ya?
Paolo que, a pesar de sus nuevas gafas, no se ha dado cuenta de nada, le da permiso.
Claro, gracias, puede irse ya, señorita.
Una vez a solas, Pollo y Zac se sientan en dos sillones giratorios de piel que hay delante del escritorio de Paolo. Zac se arrellana. Luego le da un empujón con el pie.
Caramba, eliges bien a tus secretarias. —Zac da una vuelta completa y se vuelve a colocar frente al hermano—. Di la verdad, te la has tirado, ¿verdad? O te la has tirado o lo has intentado y ella no ha querido. En este caso, despídela, qué más te da.
Paolo lo mira molesto.
Zac, ¿es posible que te tenga que repetir siempre las mismas cosas? Cuando entres aquí, ¿no podrías evitar los tacos, organizar menos lío? Yo trabajo aquí. Todos me conocen.
¿Por qué? ¿Qué he hecho? ¿He hecho algo, Pollo? Dile tú también que no he hecho nada.
Pollo mira a Paolo tratando de poner una cara lo más convincente posible.
Es verdad, no ha hecho nada.
Paolo suspira.
Tanto, es inútil hablar con vosotros, es una pérdida de tiempo. Como ayer por la noche. Te he dicho mil veces que entres con cuidado cuando vuelvas tarde, pero tú como si nada. Haces siempre un ruido de mil demonios.
No, Pa´, perdona. Ayer cuando volví tenía hambre. ¿Qué podía hacer, quedarme sin comer? Solo me preparé un filete.
Paolo sonríe irónico al hermano.
No es que no quiera que comas. El problema es cómo lo haces, cómo haces todo… ¡Siempre haciendo ruido, cerrando de golpe las puertas, la nevera, sin importarte que yo esté durmiendo, que me tenga que levantar pronto! Pero claro, ¿a ti qué más te da? Te levantas cuando te parece… A propósito, sé que hoy vas a comer con papá.
Zac cambia de postura y se sienta mejor.
Sí, ¿por qué? ¿Habéis hablado de mí?
No, me lo ha dicho él. Me ha llamado antes. Figúrate si hablamos de ti, yo no me entero de anda. —Paolo mira mejor a su hermano—. Solo sé que vas siempre como un zarrapastro, con esas cazadoras oscuras, los vaqueros, las zapatillas de tenis. Pareces un gamberro.
Pero es que soy un gamberro.
Zac, deja ya de hacer el imbécil. Dime mejor a qué has venido. En serio… ¿Hay algún problema?
Zac mira a Pollo, luego de nuevo al hermano.
Ningún problema, me tienes que dar trescientos euros.
¿Trescientos euros? ¿Te has vuelto loco? ¿Acaso crees que yo el dinero me lo saco de la manga?
Vale, en ese caso, dame doscientos.
Ni lo sueñes, no te pienso dar nada.
¿Ah, no? —Zac se inclina hacia él sobre el escritorio.
Paolo, asustado, retrocede. Zac le sonríe—. Eh, hermano, calma, no te haría nunca nada, lo sabes. —Luego aprieta al interfono conectado con la secretaria—. Señorita, ¿puede venir un momento?
La secretaria no presta atención a la diferencia de voz.
Voy enseguida.
Zac se arrellana en el sillón, sonríe a Paolo.
Entonces, querido hermanito, si no me das enseguida doscientos euros cuando entre tu secretaria le arranco las bragas.
¿Qué? —Paolo apenas tiene tiempo de decir nada más. La puerta se abre. La secretaria entra.
¿Sí, señor?
Paolo trata de salvarse.
Nada, señorita, puede marcharse.
Zac se levanta.
No, señorita, perdone, espere un momento. —Zac se acerca a la secretaria. La muchacha se queda mirando a los tres en silencio sin saber muy bien qué hacer. Aquella situación es algo distinta a las tareas que normalmente tiene que desempeñar. La secretaria mira a Zac con aire interrogativo.
¿Qué pasa? —Zac la mira sonriendo.
Quisiera saber cuánto cuestan las bragas que lleva puestas.
La secretaria lo mira avergonzada.
Pero, realmente…
Paolo se levanta.
¡Zac, ahora basta! Se puede marchar ya, señorita… —Zac la sujeta por un brazo.
Espero solo un momento, perdone. ¿Paolo? Dale a Pollo lo que le debes y luego la señorita se podrá marchar. —Paolo extrae la cartera del bolsillo interior de la chaqueta, saca de ella algunos billetes de cincuenta euros y se los da a Pollo. Pollo los cuenta, luego indica a Zac con un gesto que es justo. Zac deja marcharse a la secretaria con una sonrisa…—. Gracias, señorita, es usted el máximo de la eficacia. Sin usted no habríamos sabido verdaderamente qué hacer.
La secretaria se aleja molesta. No es completamente estúpida y, sobre todo, no le divierte en absoluto ir por ahí contando lo que cuesta su ropa interior. Paolo se levanta del sillón y da la vuelta al escritorio.
Bien, ya tenéis vuestro dinero. Ahora fuera de aquí, ya me habéis dado bastante la lata. —Hace ademán de empujarte, pero se lo piensa dos veces, es mejor agredirlos verbalmente—. ¡Si sigues aquí, Zac, acabarás metido en un buen lío!
Zac mira a su hermano.
¿Bromeas? ¿Qué lío? Yo no me meto nunca en líos. Yo y los líos somos dos cosas que no se han encontrado jamás. El dinero se lo tengo que prestar a un amigo, uno que tiene un pequeño problema, eso es todo. —Pollo sonríe agradecido a Zac al oír que hace alusión a él—. Y además, Paolo, ¿qué imagen le estás dando a Pollo? Solo son doscientos euros. Ni que te hubiera pedido una suma exorbitante. Menuda historia estás montando. —Paolo se sienta sobre el borde del escritorio.
No sé qué pasa pero contigo siempre soy yo el que se equivoca…
No digas eso, tal vez a fuerza de estar en este despacho, entra tanto dinero, os entra una especie de enfermedad que os impide dar, prestar algo.
Entonces, ¿se trata de un préstamo?
Claro, siempre te he restituido todo, ¿no? —Paolo pone cara de no estar muy convencido. Las cosas no han ido precisamente de ese modo. Zac hace como que no se da cuenta—. Entonces, ¿de qué te preocupas? Te devolveré también estos. Más bien deberías relajarte un poco. Diviértete. Estás muy pálido… ¿Por qué no vienes a dar una vuelta en moto conmigo?
Paolo, en un arranque de simpatía, se quita las gafas.
¿Qué? ¿Estás bromeando? Jamás. Antes muerto. Hablando de muerte… ya que se libró por un pelo. Ayer por la noche fui al Tartarughino y, ¿sabes a quién vi?
Zac lo escucha distraído. Al Tartarughino no irá nunca nadie que le interese. Aun así, decide dar aquel pequeño gusto a su hermano. A fin de cuentas, le acaba de dar docientos euros.
No, ¿a quién?
A Giovanni Ambrosini.
Zac se estremece. Un sobresalto. La rabia se apodera inmediatamente de él pero disimula.
¿Ah, sí?
Paolo prosigue con su relato.
Estaba con una mujer muy guapa, una mucho mayor que él. Al verme miró preocupado a su alrededor. Parecía aterrorizado. Creo que tenía miedo de que estuvieras también tú. Luego, al comprobar que no era así, se calmó. Hasta me sonrió. Si así se puede llamar a una especie de mueca. La mandíbula no le ha vuelto al sitio. Aunque lo sabes mejor que yo. ¿Se puede saber por qué le golpeaste de aquel modo? Nunca me lo has dicho…
Es verdad, piensa Zac. Él no lo sabe. Nunca ha sabido nada. Zac coge a Pollo del brazo y se encamina hacia la salida. Una vez en la puerta, se vuelve. Mira a su hermano. Está sentado en el escritorio. Con sus gafitas redondas, el pelo bien cortado y perfectamente peinado, vestido de modo impecable con una camisa planchada justo en el modo en el que él mismo ha enseñado a Maria. No, no debe enterarse nunca. Zac le sonríe.
¿Quieres saber por qué pegué a Ambrosini?
Paolo asiente.
Sí, tal vez.
Porque siempre me decía que tenía que vestir mejor.
Salen tal y como han entrado. Descarados y alegres. Con aquel modo de balancearse al anda, un poco de duros. Pasan junto a la secretaria. Zac le dice algo. Ella se lo queda mirando. Luego cogen el ascensor. Llegan a la planta baja. Zac saluda al portero.
Hola, Martinelli. Ofrécenos dos cigarrillos, venga.
Martinelli saca del bolsillo de la chaqueta un paquete blanco de cigarrillos baratos. Empuja con la mano hacia lo alto haciendo asomar algunos. Pollo y Zac saquean el paquete. Cogen más de lo debido. Acto seguido, sin esperar a que el portero se los encienda, se alejan. Martinelli mira a Zac. No se parece en nada a su hermano. Paolo da siempre las gracias, por cualquier cosa.
En ese momento suena el telefonillo que hay en la garita. Martinelli mira dentro. Es el de despacho del hermano de Zac. Martinelli conecta el enchufe.
Dígame, señor Efron.
¿Puede venir un momento a mi despacho, por favor?
Por supuesto, voy enseguida.
Gracias.
Martinelli coge el ascensor y sube al cuarto piso. Paolo lo espera en la puerta de su despacho.
Vengam Martinelli, entre. —Paolo lo hace entrar y luego cierra la puerta. El portero permanece frente a él, de pie, ligeramente confuso. Paolo se sienta—. Por favor, Martinelli, siéntese. —Martinelli toma asiento en el sillón que hay frente a Paolo, sentándose con respeto, casi en el borde, tratando de no ocupar demasiado sitio. Paolo junta las manos. Le sonríe. Martinelli le devuelve la sonrisa pero está en ascuas. Necesita saber el porqué de aquel encuentro. ¿Ha hecho algo malo? ¿Se ha equivocado? Paolo suspira. Parece decidido a desvelarle el misterio—. Escuche, Martinelli, quisiera pedirle un favor. —Martinelli sonríe relajado. Se tranquiliza y ocupa más sitio en su asiento.
Dígame, señor. Estoy dispuesto a hacer lo que usted quiera, siempre que esté en mis manos.
Paolo se apoya en el respaldo.
No quiero que vuelva a dejar entrar aquí a mi hermano.
Martinelli abre los ojos desmesuradamente.
¿Qué, señor? ¿Realmente quiere que no lo vuelva a dejar entrar? ¿Y qué le digo? Si ese se enfada haría falta Tyson a la puerta para sujetarlo. —Paolo mira mejor a aquel señor pacífico, su vestido gris a juego con el color de su pelo y con el de toda la vida. Imagina a Martinelli deteniendo a Zac en la puerta: <Disculpe, he recibido instrucciones. No puede entrar>. La discusión. Zac se altera. Martinelli que levanta la voz. Zac que se rebela. Martinelli que lo aparta. Zac que lo coge por la chaqueta, lo estampa contra la pared y luego seguramente el resto, como era de prever…
Tiene razón, Martinelli. No es una buena idea. Déjelo estar, ya me ocuparé yo. Hablaré con él en casa. —Martinelli se levanta.
Cualquier otra cosa, señor, la hago con mucho gusto. De verdad, pero esta…
No, no, tiene razón. No debería habérselo pedido. Gracias, gracias igualmente. —Martinelli sale del despacho. Coge el ascensor y vuelve a la planta baja. Las ha pasado moradas. ¿Quién para a un energúmeno así? Saca la cajetilla. Decide celebrar con un buen cigarrillo que el peligro se haya alejado. Menos mal que el señor es un tipo comprensivo. No como su hermano. Zac le ha birlado medio paquete y ni siquiera le ha dado la gracias. Ni siquiera una vez.
Y luego dicen que el de portero es un oficio tranquilo. Martinelli suspira, luego se enciende un MS.
En el cuarto piso, Paolo mira por la ventana. Siente una extraña satisfacción. En el fondo, ha hecho una buena acción. Ha salvado la vida de Martinelli. Vuelve a sentarse. Bueno, sin exagerar. Le ha ahorrado un montón de problemas. Entra la secretaria con algunos expedientes.
Tenga, estos son los asuntos que me ha pedido…
Gracias, señorita.
La secretaria lo mira por un instante.
Su hermano es un tipo extraño. Ustedes dos no se parecen mucho.
Paolo se quita las gafas, en el vano intento de resultar más fascinante.
¿Es un cumplido?
La secretaria miente.
En un cierto sentido sí. Espero que usted no vaya por ahí preguntando a las chicas el precio de sus bragas…
Paolo sonríe avergonzado.
Oh, no, eso claro que no.
A pesar de que sin las gafas no ve demasiado, sus ojos acaban inevitablemente sobre su blusa transparente. La secretaria lo advierte pero no hace absolutamente nada.
Ah, su hermano me ha dicho que le diga que es usted demasiado bueno conmigo, que no debería haberle dado el dinero y así él habría hecho esa cosa. —La secretaria se vuelve extrañamente insistente—. Si me permite la pregunta… ¿a qué se refería, señor?
Paolo mira a la secretaria. Su bonito cuerpo. La falda perfecta e impecable que cubre sus piernas torneadas. Tal vez su hermano tenga razón. Imagina a la secretaria medio desnuda y a Zac arrancándole las bragas. Se excita.
Nada, señorita, era solo una broma.
La secretaria se marcha ligeramente desilusionada. Paolo apenas tiene tiempo de ponerse de nuevo las gafas y de enfocar aquellas nalgas provocantes que se alejan con mayor o menos profesionalidad.
¡Qué gilipollas! Debería haberle obligado a hacerlo. Si Zac no le devilvía el dinero, aquel iba a ser su peor negocio de los últimos años. No, no el peor. Eso lo ha hecho el señor Forte. Ha confiado sus graves problemas fiscales a un asesor que todavía tiene que resolver sus problemas familiares. Uno no se puede pasar la mañana discutiendo con el propio hermano y acabar pagándole para evitar que le quite las bragas a la secretaria.
Con un cierto sentimiento de culpa, Paolo se concentra de nuevo en los documentos del señor Forte.

martes, 14 de junio de 2011

Capitulo 14.

Un perro lobo corre veloz por la playa con un palo en la boca. Agrupa las patas y enseguida las lanza de nuevo, casi rozando la arena, levantando salpicaduras de ella. Llega hasta Zac. Se deja quitar el palo de la boca babeando un poco. Luego se acuclilla, con la cabeza doblada entre las patas anteriores, unidas, extendidas junto al suelo. Zac finge tirar el palo a la derecha. El perro da un salto, pero luego se da cuenta que no serviría de nada. Zac finge de nuevo.
Al final lanza el palo lejos, en el agua. El perro parte. Se arroja al mar de inmediato. Con la cabeza levantada avanza entre alguna que otra ola pequeña y una leve corriente. El trozo de madera flota un poco más allá. Zac se sienta a mirar. Es un día precioso. Todavía no hay nadie. Repentinamente, un fuerte ruido. Una gran luz. El perro desaparece. El agua también, el mar, las montañas lejanas, las colinas a la derecha, la arena.
—¿Qué puñetas pasa?
Zac se da la vuelta en la cama, tapándose la cara con el almohadón.
—¿A qué coño viene esta invasión? —Pollo, después de haber levantado la persiana, abre la ventana.
—¡Madre mía, menuda peste! Será mejor que abramos un poco. Ten, te he traído unos sándwiches. —Pollo le tira la bolsa verde sobre la cama. Zac se incorpora y se estira un poco.
—¿Quién te ha abierto? ¿Maria?
—Sí, está haciendo el café.
—Pero, ¿qué hora es?
Las diez.
Zac se levanta de la cama.
—Maldita sea, ¿no podías dejarme dormir un poco más? —Zac se dirige al baño. Levanta la tapa del váter que golpea las baldosas con un ruido seco. En la otra habitación, Pollo abre el Corriere dello sport y alza un poco la voz.
—Me tienes que acompañar a recoger la moto en el garaje de Sergio. Me ha llamado para decirme que ya está lista. Oh, ¿has visto que el Lazio ha confirmado a Stam, el defensor del Manchester? Genial, Jaap.
Pollo se pone a leer un artículo, luego al oír que Zac no da muestra de acabar:
—Eh, pero ¿qué pasa? ¿Te has bebido un río?
Zac tira de la cadena. Vuelve a la habitación, coge el paquete de comida.
—Solo te justifica haberme traído esto. —Acto seguido, se dirige a la cocina, seguido de Pollo. La cafetera aún humeante está posada sobre un platito de madera. Cerca hay un cacito con leche caliente y, en el habitual brik azul claro, algo más de leche fría, del tipo entero.
Maria, la mujer de la limpieza, es una señora menuda de unos cincuenta años. Sale del cuarto contiguo, donde apenas ha acabado de planchar.
—¿Ve a este, Maria? —Zac indica a Pollo —. Haga lo que haga o diga lo que diga, no debe entrar en esta casa antes de las once. —Maria lo mira un poco preocupada.
—Le he dicho que usted quería dormir. Pero ¿sabe lo que me ha contestado? Que si no le abría tiraba abajo la puerta. —Zac mira a Pollo.
—¿Le has dicho eso a Maria?
—Bueno, la verdad… —Pollo sonríe. Zac finge que se enfada.
—¿Le has dicho eso? ¿Amenazas a Maria…? —Zac agarra al vuelo el cuello robusto de Pollo y se lo mete bajo el brazo, inmovilizándole la cabeza —. Te comportas como un nazi en mi casa y ahora pagarás por ello. —Coge el jarro de leche hirviendo y se lo acerca a la cara.
Pollo advierte el calor y grita exagerando.
—Ay, Zac, quema… Venga, coño, que me haces daño. —Zac aprieta un poco más.
—Ah, dices también palabrotas, entonces es que estás loco. Discúlpate enseguida con Maria. Venga, pídele disculpas. —Maria mira preocupada la escena. Zac acerca un poco más el jarro a la cara de Pollo.
—Ay, me has quemado. Perdone, Maria, perdone. —Maria se siente culpable de todo lo que está pasando.
—Déjalo, Zac. Me he equivocado. No ha dicho que tiraba abajo la puerta. Le he entendido mal. Ha dicho que pasaría más tarde, eso es. Sí, ahora me acuerdo, ha dicho justo eso. —Zac deja a Pollo. Los dos amigos se miran. Luego estallan en carcajadas. Maria los mira sin entender muy bien lo que pasa. Pasado un momento, Zac recupera la compostura.
—Está bien, Maria. Gracias. Es que a este tipo le vendría muy bien una lección. Puede irse. Verá que a partir de hoy se porta mejor.
Maria mira disgustada a Pollo. Con una mirada trata de hacerle entender que le gustaría que las cosas no hubieran llegado tan lejos. Luego coge la ropa recién planchada y se la lleva. Zac, divertido, la contempla mientras se aleja. A continuación, se vuelve hacia Pollo.
—¿Eres idiota? Venga, ¿me aterrorizas a la mujer de la limpieza?
—Pero es que esa no me quería abrir.
—Vale, pero tú se lo puedes pedir por favor, ¿no? ¿Qué haces, le dices que tiras la puerta abajo? La próxima vez te quemo de verdad esa cara que tienes.
—Entonces déjame las llaves, ¿no?
—Sí, y así, cuando no esté en casa, me la limpias.
—¿Estás bromeando? ¿De verdad piensas que sería capaz de hacer una cosa así?
—No, puede que no. Pero, en la duda, mejor no darte la posibilidad.
—Qué canalla eres, devuélveme enseguida los sándwiches.
Zac sonríe y hace desaparecer inmediatamente uno devorándolo. Pollo abre el periódico y simula estar enojado. Zac se sirve café, añadiéndole un poco de leche caliente y después un poco de leche fría. A continuación, mira a Pollo.
—¿Quieres un poco de café?
—Sí, gracias —le contesta con fingida indiferencia. Todavía no está dispuesto a ceder del todo. Zac le sirve un poco en una taza.
—Venga, me ducho y te acompaño a recoger la moto. —Pollo bebe un poco café.
—Hay solo un pequeño problema. Me faltan doscientos euros.
—Pero ¿cómo es posible, con todo lo que robaste ayer por la noche?
—Tenía un montón de deudas. He tenido que pagas la comida, la tintorería y, además, tenía que devolverle dinero a Furio, el del Toto.
—¿Cómo coño se te ocurre jugar al Toto negro si no tienes nunca ni un euro?
—Por eso, trato de tener un golpe de suerte. En cualquier caso, he dejado ciento cincuenta euros para la moto. Pero Sergio me ha llamado y me ha dicho que ha tenido que cambiar también otro pistón, los rodamientos y todo lo demás. Luego cambio del aceite completo y otras cosas que no recuerdo. Moraleja: cuatrocientos euros. Necesito la moto, coño. Esta noche hay carreras, espero sacar un buen pico. Tú qué haces, ¿vienes?
—No lo sé. Entretanto tenemos que encontrar doscientos euros.
—Ya. Si no, no vamos a ninguna parte.
—Tú no vas a ninguna parte. —Zac le sonríe antes de encaminarse hacia la habitación de Paolo, su hermano. Empieza a hurgar en las chaquetas. Abre los cajones del armario. Luego pasa a la mesita. Pollo lo mira desde la puerta. Controla a su alrededor. Zac se da cuenta.
—¿Qué haces ahí plantado? ¿Te pones a vigilar en mi propia casa? Ven, échame una mano.
Pollo no se lo hace repetir dos veces. Se dirige al otro lado de la cama. Abre el cajón de la otra mesita de noche.
—Un tipo prudente, tu hermano, ¿eh? —Pollo mira a Zac.
Lleva en la mano una caja de Settebello y una sonrisa tonta en la cara.
—¡Prudentísimo! Es tan prudente que ni siquiera deja medio euro suelto.
—Bueno, no le falta razón. Después de todas las veces que lo hemos saqueado… —Pollo se mete tres preservativos en el bolsillo antes de volver a poner en su sitio la caja. A pesar de todo, es un optimista. Zac sigue buscando un posible escondite.
—Nada que hacer, no hay nada. Yo no tengo ni siquiera un euro para prestarte. —Por la puerta pasa Maria con algunas camisetas y sudaderas de Zac en la mano derecha y las camisas de Paolo perfectamente planchadas en la izquierda.
Pollo señala con la cabeza.
—¿Y a ella? ¿Podemos pedírselos?
—¡Déjala! Le debo todavía el dinero de los periódicos de la semana pasada.
—¿Qué hacemos entonces?
—Estoy pensando. El Siciliano y el resto están peor que nosotros, así que con ellos no se puede contar. Mi madre está fuera.
—¿Dónde?
—En Canarias, creo, o en las Seychelles. De todos modos, aunque estuviera aquí no le podríamos pedir nada. —Pollo asiente. Está al corriente de la relación que hay entre Zac y su madre.
—¿Y tu padre? ¿No te los podría prestar?
Zac coge una camiseta recién planchada y la coloca sobre la cama donde ha preparado ya un par de calzoncillos negros y un par de pantalones vaqueros.
—Sí, hoy voy a comer con él. Me llamó ayer para decirme que quería hablar conmigo. Tanto, ya sé lo que me va a decir. Me preguntará qué tengo intención de hacer con la universidad y todo lo demás. Y yo, ¿qué crees que puedo hacer entonces? En lugar de contestarle le digo: papá, dame doscientos euros que tengo que recoger la moto de Pollo, ¿eh? Creo que es mejor que no. ¡Maria! —La mujer se asoma a la puerta—.
Perdone, ¿dónde está la cazadora azul?
—¿Cuál, Zachary?
—La que es igual que la verde militar, solo que azul oscura, me la compré el otro día. Se parece a las que llevan los policías.
—Ah, ya sé, la he puesto en el recibidor, en el armario de su hermano. Pensaba que era de él. —Zac sonríe. Paolo con una cazadora así. Sería todo un número. Él y sus trajes de chaqueta. Zac se dirige al pasillo. Ahí está su cazadora. Es la única entre todas aquellas chaquetas a cuadros y aquellos trajes de chaqueta grises.
Zac aprovecha y, de paso, los registra también sin encontrar nada. Vuelve a la habitación. Pollo está echado en su cama. Tiene la cartera abierta. Repasa sus finanzas esperando un milagro que no se ha producido. La cierra desconsolado.
—¿Entonces?
—Alégrate. He encontrado la solución.
Pollo mira esperanzado la solución.
—¿Cuál es?
—El dinero nos lo dará mi hermano.
—¿Y por qué debería dárnoslo?
—Porque yo haré chantaje.
Pollo parece más tranquilo.
—¡Ah, claro!
Por otro lado, para él chantajear a un hermano es la cosa más normal del mundo. Por un momento lamenta ser hijo único.

Alice, Vanessa está en un colegio de solo niñas.
Y bueno la edad.. aún no la he visto, pero supongo que sobre los 18 años..
ya que están en la Universidad..
Espero que te esté gustando, aunque estos capitulos son un poco aburridos..
pero pronto llegaran los más interesante.
Pd: perdona por no leer ahora tu nove, pero ya sabes, estoy con los examenes.. :S

Capitulo 13.

Los recuerdos…
De repente, se produce un extraño silencio. La clase está como paralizada, suspendida en el aire. Vanessa mira a las chicas que tiene a su alrededor, sus amigas. Simpáticas, antipáticas, delgadas, gordas, guapas, feas, monas. Ash. Alguna hojea apresurada un libro, otras releen preocupadas la lección. Una, particularmente nerviosa, se restriega los ojos y la frente. Otra se agacha a un lado tratando de esconderse. Ha llegado el momento de la interrogación. La Giacci pasa su índice punitivo sobre la lista. Puro teatro. Sabe ya dónde pararse. <¡Gianetti!> Una muchacha se alza dejando en el banco sus esperanzas y algo de color. <Festa.> También Silvia coge su cuaderno. Ha conseguido copiar la traducción por un pelo. Avanza entre dos filas de pupitres, se dirige a la mesa de la profesora y le entrega el cuaderno. También ella se coloca junto a la puerta, al lado de Gianetti. Las dos se miran desconsoladas, tratando de darse ánimos en aquella dramática suerte común. La Giacci levanta la cabeza de la lista y mira en derredor. Algunas alumnas le sostienen la mirada para demostrar que están tranquilas y seguras. Una falsamente preparada fanfarronea vistosamente, casi ofreciéndose. Todos los corazones aprietan un poco sobre el acelerador.
<Tisdale.>
Ash se levanta. Mira a Vanessa. Como si se estuviera despidiendo de ella para siempre. Luego se dirige hacia la mesa, condenada ya al suspenso.
Ash se coloca entre Gianetti y Silvia Festa, que le sonríe. Después le susurra un <Tratemos de ayudarnos>, que hace aumentar al máximo la ansiedad de Ash. La primera en ser interrogada es Gianetii. Traduce un trozo del texto tropezando con algún acento. Busca desesperadamente las palabras más apropiadas. No encuentra nunca de qué verbo viene un difícil pasado remoto. Adivina casi por casualidad el participio futuro pero no recuerda nunca el gerundio. Silvia Festa prueba con la primera parte de la traducción, la más fácil. No acierta un verbo, ni siquiera se aproxima. Admite prácticamente haber copiado la traducción. Cuanta acto seguido una extraña historia sobre su madre que, por lo visto, no se encuentra demasiado bien al igual que ella, por otra parte, en aquel momento. Sin saber cómo, declina perfectamente un nombre de la tercera. Ash hace mutis. Le ha tocado la tercera parte del texto, la más difícil. La lee rápidamente, sin errar un solo acento. Pero se detiene ahí. Aventura una posible traducción de la primera frase. Pero un acusativo en el lugar equivocado produce una interpretación quizá excesivamente fantasiosa. Vanessa mira preocupada a su amiga. Ash no sabe qué hacer. En su sitio, Vanessa abre el libro. Lee el fragmento. Controla la frase traducida correctamente en el cuaderno de la compañera empollona. A continuación, con un leve susurro, llama la atención de Ash. La Giacci, con aire de desdén mira por la ventana, esperando unas respuestas que no llegan.
Vanessa se extiende sobre el banco y, ocultándose tras la compañera que se sienta delante, sopla a su amiga del alma la perfecta traducción del texto. Ash le manda un beso con la mano, luego repite en voz alta, en el orden exacto, todo aquello que Vanessa le acaba de indicar. La Giacci, al oír repentinamente una seria de palabras justas y en el lugar justo, se vuelve hacia la clase. Es demasiado perfecto como para que sea solo una casualidad. En el aula todo ha vuelto a la normalidad. Todas las alumnas están en su sitio, inmóviles. Vanessa, correctamente sentada, mira a la maestras con ojos ingenuos e inocentes. Ash, casi desafiando a la suerte, sonríe. <Disculpe, maestra, me he confundido un poco, me he atascado, pero eso le pasa incluso a los mejores, ¿no?> Después de la traducción, generalmente vienen las preguntas sobre los verbos y sobre eso Ash se siente más segura. Lo peor ha pasado. La Giacci sonríe. <Muy bien, Tisdale. Escuche, tradúzcame todavía un trozo, hasta habendam.> Ash vuelve a caer en el más absoluto desaliento. Lo peor está todavía por llegar. Afortunadamente, la Giacci vuelve a mirar fuera. Vanessa lee la traducción de la nueva frase, luego espera algunos segundos. Todo está tranquilo. Se tumba sobre su pupitre para soplar de nuevo a la amiga. Ash controla una última vez a la Giacci. Acto seguido, mira hacia Vanessa lista para repetir el juego. Pero justo en ese momento la profesora se da lentamente la vuelta. Se inclina hacia delante sobre la mesa y pilla a Vanessa en el preciso momento en el que sopla a la amiga. Con la mano alrededor de la boca. Vanessa, como si sintiera que le han descubierto, se vuelve de golpe. La ve. Sus miradas se cruzan a través de los hombros de algunas compañeras inmóviles. La Giacci sonríe satisfecha.
—Ah, muy bien. Tenemos una alumna verdaderamente preparada en esta clase. Hudgens, visto que lo sabe tan bien, venga usted a traducir el resto del texto.
Ash, sintiéndose culpable, interrumpe a la Giacci.
—Maestra, disculpe, es culpa mía, soy yo la que le ha pedido que me lo dijera.
—Muy bien, Tisdale, lo aprecio. Es muy noble por su parte. Nadie pone en duda, de hecho, que usted no sepa absolutamente nada. Pero ahora me gustaría oír a Hudgens. Venga, venga, por favor.
Vanessa se levanta pero permanece en su sitio.
—Maestra, no estoy preparada.
—Está bien, pero venga usted de todos modos, venga.
—No veo por qué tengo que ir hasta ahí para decirle la misma cosa. No estoy preparada. Perdone pero no he podido estudiar. Póngame una mala nota.
—Perfectamente de acuerdo, entonces le pongo un dos, ¿estás contenta?
—¡Casi tanto como Catinelli cuando no pasa sus traducciones! —Toda la clase se echa a reír. La Giacci da un golpe con la mano sobre la lista.
—Silencio. Hudgens, tráigame el cuaderno: quiero ver si también se pone contenta con la comunicación que tendrá que hacer firmar en casa. Y sobre todo, cuénteme lo contenta que se pone su madre. —Vanessa le lleva el cuaderno a la profesora quien escribe algo apresuradamente y con rabia. Luego lo cierra y se lo devuelve.
—Mañana lo quiero ver firmado. —Vanessa piensa que hay peores en la vida, pero tal vez sea mejor no dar demasiada publicidad a este pensamiento. Vuelve en silencio a su sitio. Silvia Festa consigue un cinco. Es hasta demasiado para lo escueto de sus respuestas. Aunque tal vez aquel sea el premio a sus excusas. También en estas, sin embargo, tienen que mejorar. Con todas aquellas desgracias, su madre va a acabar por morirse un día de verdad.
Ash vuelve a su asiento con un bonito cuatro que de noble tiene bien poco. Gianetti consigue arrancar por un pelo el aprobado. La Giacci, al ponerle la nota, le dedica incluso un proverbio latino. Gianetti hace una extraña mueca disculpándose por no saber bien qué decir. En realidad no entiende una palabra. Más tarde, su compañera de pupitre, Catinelli, se lo traduce. Es la macabra historia de un tuerto que vive feliz en un lugar lleno de ciegos. Vanessa abre el diario. Va hasta el final, a las últimas páginas. Junto a la lista alfabética de sus compañeras ha metido las hojas donde marca todas aquellas que son interrogadas. Mete los últimos puntos en la hoja de latín a Gianetti, Tisdale y Festa. Con la de Silvia termina la segunda vuelta de interrogaciones. Vanessa pone también un punto junto a su nombre. La primera interrogada de la nueva vuelta. Nada mal empezar con un dos. Menos mal que las otras notas son altas. La media matemática debe darle todavía un seis. Cierra el cuaderno. Una compañera de la fila de al lado le lanza un mensaje sobre el pupitre. Vanessa lo esconde de inmediato. La Giacci está eligiendo el nuevo texto para la semana siguiente.
Vanessa lo lee.
¡Muy bien! Estoy orgullosa de tener una amiga como tú. Eres una jefa. A. Vanessa sonríe, entiende enseguida a quién corresponde aquella A. Se vuelve hacia Ash y la mira. Es demasiado simpática. Mete el mensaje dentro del diario. Luego, repentinamente, recuerda la comunicación. Se apresura a leerla.
Querida señora Hudgens. Su hija ha venido a la lección de latín sin haberla preparado en lo más mínimo. Como si eso no bastase, al ser interrogada me ha contestado en modo impertinente. Deseo que usted esté al corriente de semejante comportamiento. Reciba un cordial saludo, profesora A. Giacci.
Vanessa cierra el cuaderno. Mira a la maestra. Es realmente una gilipollas. Acto seguido piensa en su madre. ¡Una nota así! Probablemente la castigará. Organizará una historia inacabable. Y quién sabe qué otra cosa más. Una cosa es segura. Su madre no le dirá nunca: <Muy bien, Vanessa, eres una jefa>.