jueves, 18 de agosto de 2011

Capitulo 27.

Las chicas charlan alegres a la entrada del colegio esperando que suene el timbre. Vanessa y Stella bajan del coche y se despiden de su padre. El Mercedes se aleja en medio del tráfico de la plaza Euclide. Un grupo de chicas las rodea de inmediato.
—Vanessa, ¿es verdad que anoche estuviste en el invernadero y que hiciste de camomila?
—¿Un policía te cogió por el pelo, Zac lo tiró al suelo y los dos os escapasteis en su moto?
—¿Es verdad que murieron dos chicos? —Stella escucha asombrada. La Vespa no ha sido sacrificada en vano. Aquello sí que es gloria. Vanessa está estupefacta. ¿Cómo se pueden haber enterado ya de todo? Bueno, de casi todo. La historia del estiércol, afortunadamente, sigue siendo un secreto. El timbre la salva. Mientras sube las escaleras responde con vaguedad a algunas preguntas de sus amigas más simpáticas. Es un hecho. Aquel día es una celebridad. Stella se despide de ella con afecto.
—¡Hasta luego, Vanessa, nos vemos en el recreo!
Increíble. Desde que van juntas al colegio no se lo ha dicho nunca. Mira alejarse a su hermana rodeada de algunas amigas. Todas caminan a su lado haciéndole mil preguntas. También ella está disfrutando de su momento de fama. Es justo, en el fondo ha perdido sus Superga. Solo espera que no cuente lo del estiércol.
Un cura joven procedente de una parroquia cercana se sienta en la mesa del profesor. Es la primera hora, la de religión. La diversión preferida de todas las alumnas es meterlo en apuros con preguntas sobre el sexo y sobre las relaciones prematrimoniales. Le cuentan desinhibidas ejemplos precisos y hechos acaecidos a amigas tremendas y misteriosas que la mayor de las veces resultan ser ellas mismas. Prácticamente, aquella hora de religión se ha transformado en una verdadera y auténtica hora de educación sexual, una materia en la que todas habrían sacado un completo aprobado.
El cura trata de eludir una pregunta bien precisa sobre su vida privada antes de hacer sus votos. Abre la Biblia interrumpiendo de este modo el gran interés que se ha originado alrededor de sus improbables pecados. Vanessa hojea su cuaderno. Después tiene griego.
La Giacci pregunta. Está a punto de concluir el último trimestre antes de los exámenes de selectividad. una vez que hayan salido los temas no habrá más interrogatorios. Controla los puntitos. Faltan solo tres para completar la vuelta. Serían ellas las <afortunadas>. Vanessa lee los nombres. Le toca de nuevo a Festa. Pobre. Menuda semana. Vanessa se vuelve hacia ella. Está con las manos apoyadas en las mejillas y mira hacia delante. Vanessa la llama con un susurro. Silvia la oye.
—¿Qué pasa?
—Mira que hoy la Giacci te pregunta en Griego.
—Ya lo sé. —Silvia esboza una sonrisa, a continuación coge de la espalda de la compañera que tiene delante el libro que ha apoyado sobre ella. Es el de gramática griega—. Estoy repasando. —Vanessa le sonríe. Para lo que le va a servir. Tal vez hubiera sido mejor atender en la clase de religión. De hecho, solo un milagro podrá salvarla. Suena el timbre. El curita se aleja. Lleva con él una maletita de piel lisa y oscura y lo acompañan también sus últimas dudas. Su modo de andar es una sincera confesión. Si de joven ha cometido algún pecado, ellas, las chicas en general, no habrán tenido seguramente nada que ver.
—¡Hola, Vanessa!
—¡Ash! ¿Cómo estás?
Ash pone la bolsa con los libros sobre el pupitre de Vanessa.
—¡Bien, con un litro menos de sangre!
—Es verdad. ¿Cómo ha ido el análisis?
Ash se arremanga la camisa azul claro del uniforme enseñando su pálido brazo.
—¡Mira aquí! —Le indica una tirita con la punta ligeramente roja de sangre—. Esto no es nada. No sabes lo que le ha costado al médico encontrarme la vena. No sabes lo que le ha costado al médico encontrarme la vena. Dos horas. Me ha pinchado por todas partes y no paraba de darme pellizcos en el brazo, según él para encontrarme la vena. Yo creo que solo quería hacerme daño, me odia. Ese médico me ha odiado siempre. Luego se puso a hablar sin parar. Clásico, para que dejes de pensar en la jeringuilla. ¡Me dice que tengo unas venas reales, la sangre azul, que debo de ser una princesa! ¡Y luego zas! Me mete a traición la aguja en el brazo. Pero se la he hecho yo ver, a la princesa. Le he soltado un <Joder…>.
—¡Ash!
—Tú eres más amable. Mi madre me ha dado una bofetada en la boca… No sé quién me ha hecho más daño, si ella o el médico. Mira que los odio, cuando te asusta el dolor físico, solo quieres silencio a tu alrededor, pero esos no lo entienden. Imagínate que cuando salímos se ha hecho el gracioso con mi madre. —Ash remeda la voz—. <De algo puede estar segura, señora, con esas venas su hija difícilmente conseguirá drogarse.> Horrible, hace que a una le entren ganas de vomitar. La única cosa buena de todo esto es que luego mi madre me ha llevado a desayunar al Euclide. ¡Me he comido un buñuelo con nata que estaba para morirse! Por cierto, ¿te han entregado mi paquete?
—¡Sí, gracias!
—No, lo digo porque tu portero tiene la cara de uno que tiene que saber siempre lo que hay en el paquete que le dejas. Es peor que un aparato rayos X… Se ve que todavía estoy alterada por el análisis, ¿eh?
—Bastante.
—Entonces, ¿no se lo comió él, el cruasán de Lazzareschi?
—No —dice Vanessa sonriendo.
—¿Me has perdonado?
—Casi.
—¿Cómo que casi? ¿Qué pasa, te tenía que haber dejado dos?
—No, tienes que encontrar mi Vespa antes de las ocho.
—¿Tu Vespa? ¿Y cómo lo hago? A saber dónde ha acabado. ¿Quién la tiene? ¿Quién la ha cogido? ¿Qué puedo saber yo?
—¿Y yo que sé? Tú sabes siempre todo. Estás bien introducida en el ambiente. Eres la <mujer> de Pollo. Una cosa está clara, cuando mi padre vuelva esta noche a las ocho la Vespa tiene que estar en el garaje…
—¡Tisdale! —La Giacci está en la puerta—. Vaya a su sitio, por favor.
—Sí, disculpe, maestra, estaba preguntando lo que habían hecho durante la hora de religión.
—Lo dudo… En cualquier caso, vaya a sentarse. —La Giacci llega hasta su mesa. Ash coge la bolsa de los libros.
Vanessa la detiene.
—Tengo una idea. No es necesario encontrar mi Vespa, al menos no de inmediato.
Ash sonríe.
—Menos mal. ¡Era imposible! Pero ¿qué vas a hacer? Cuando tu padre llegue y no la encuentre en el garaje, ¿qué le vas a decir?
—Mi padre encontrará la Vespa en el garaje.
—¿Y cómo?
—Fácil, meteremos la tuya.
—¿Mi Vespa?
—Claro, para mi padre son idénticas, no se dará nunca cuenta.
—Sí, pero yo cómo…
—¡Tisdale!
A Ash no le da tiempo a contestar.
—Esa lección de religión debe de haber sido interesantísima. Venga aquí mientras tanto y enséñame la justificación. —Ash se echa la bolsa al hombro y lanza una última mirada a Vanessa.
—Hablamos luego.
Ash va hasta la mesa de la profesora. Saca el cuaderno y lo abre en la página de las justificaciones. La Giacci se lo quita de las manos. Lo lee y lo firma.
—Ah, bien, veo que le han hecho unos análisis. A usted lo que le tendrían que hacer es una transfusión de cultura. Nada de extracciones de sangre.
Catinelli, como buena empollona y pelota que es, ríe al oír aquella broma. Pero lo hace tan mal que hasta la Giacci le molesta aquella fingida alegría.
—Ah, hay otra persona que debería enseñarme el cuaderno firmado. —La Giacci mira con ironía en dirección a Vanessa—. ¿No es verdad, Hudgens?
Vanessa le lleva el cuaderno abierto por la comunicación firmada. La Giacci lo controla.
—Bueno, ¿qué ha dicho su madre?
—Me ha castigado.  —No es verdad, pero no le importa concederle una victoria redonda.
De hecho, la Giacci pica el anzuelo.
—Ha hecho bien. —Luego, se dirige al resto de la clase—: Es importante que vuestros padres sepan valorar el trabajo que realizamos nosotros, los profesores, y que lo apoyen por completo. —Todas asienten—. Su madre, Hudgens, es una mujer muy compresiva. Sabe perfectamente que lo que hago, lo hago solo por su bien. Tenga. —Le entrega de nuevo el cuaderno. Vanessa vuelve a su sitio. Extraño modo de quererme, un dos en latín y una comunicación a mis padres. ¿Qué habría hecho si me odiara? La Giacci saca de su vieja bolsa de piel de gamuza los ejercicios de griego doblados por la mitad.
Se abren crujiendo insolentes sobre la mesa, difundiendo por la clase la mágica duda de hacer alcanzado por lo menos el aprobado.
—Les anuncio que se ha producido una masacre. Espero por ustedes que no salga el griego en el examen de selectividad. —Todas están tranquilas. Saben ya la materia: latín. Fingen ignorarlo. En realidad, aquella podría haber sido muy bien una clase de actrices. Papeles dramáticos, a juzgar por el momento.
—Bartoli, tres. Simoni, tres. Mareschi, cuatro. —Una detrás de otra, las muchachas van hasta la mesa para retirar sus ejercicios con silenciosa resignación.
—Alessandri, cuatro. Bandini, cuatro. —Es una especie de procesión fúnebre. Todas vuelven a sus asientos y abren de inmediato su ejercicio tratando de entender la razón de todos aquellos signos en rojo. Tarea completamente inútil, al igual que su fallido intento de traducción.
—Sbardelli, cuatro y medio. —Una muchacha se levanta haciendo el signo de la victoria. De hecho, para ella lo es. Estaba abonada al cuatro. Aquel medio punto de más es una auténtico récord.
—Carli, cinco. —Una muchacha pálida, con gafas gruesas y pelo grasiento, acostumbrada desde siempre al siete, palidece. Se levanta del pupitre y avanza con paso lento hacia la mesa de la profesora preguntándose dónde puede haberse equivocado. Un estremecimiento de alegría recorre el resto de los pupitres. Es una de las empollonas de la clase y jamás deja los deberes.
—¡Venga! —le susurra Ash cuando aquella desgraciada pasa por su lado. La Giacci entre el ejercicio a Carli. Parece lamentarlo sinceramente.
—¿Qué te ha pasado? ¿No te encontrabas bien? ¿O es que esta clase de analfabetas ha conseguido contagiarte también a ti?
La muchacha esboza una sonrisa. Y con un débil <Sí, no me encontraba demasiado bien>, vuelve a su sitio. Algo es seguro. Ahora está realmente mal. Ella, la Carli. La misma de las traducciones imposibles, sacar un cinco. Abre el ejercicio. Lo relee rápidamente, enseguida encuentra el trágico error. Da un puñetazo en el pupitre. ¿Cómo ha podido confundirse? Se lleva las manos al pelo sinceramente desesperada. La felicidad de la clase alcanza cotas increíbles.
—Benucci, cinco y medio. Salvetti, seis. —Ya pasó. Las alumnas que todavía no han retirado sus ejercicios exhalan un suspiro. De ahora en adelante, el aprobado es seguro. La Giacci entrega los deberes en orden creciente, primero da las notas peores para, a continuación, ascender progresivamente hasta el aprobado y hasta unos cuantos sietes y ochos. Ahí se detiene. Nunca ha puesto una nota más alta. Incluso el ocho es un acontecimiento nada desdeñable.
—Marini, seis. Ricci, seis y medio. —Algunas chicas esperan tranquilas su nota, acostumbradas a encontrarse en la parte alta de la clasificación. Pero para Ash esto es un auténtico milagro. Apenas se lo puede creer. ¿Ricci seis y medio? Eso quiere decir que le ha puesto al menos aquella nota, puede que incluso más. Se imagina volviendo a casa a comer y diciéndole a su madre: <Mamá, me han puesto un siete en griego>. Se desmayaría. La última vez que sací un siete fue en historia, con Colón. Cristóbal le gusta muchísimo, desde que vio una foto suya en un libro que lo retrataba con un pañuelo rojo al cuello. Un verdadero líder. Viajero, decidido, un hombre de pocas palabras. Y además, mal que bien, el primero en haber ido a América. Fue él el que puso de moda Estados Unidos. Pensándolo bien, entre él y Pollo hay un ligero parecido.
—Hudgens, siete. —Ash sonríe contenta por su amiga.
—Venga, Vanessa. —Vanessa se vuelve hacia ella y la saluda. Por una vez no tiene que lamentar haber sacado mejor nota que Ash.
—Tisdale. —Ash salta fuera del pupitres y se dirige con paso rápido hacia la mesa. Está eufórica. A esas alturas, tiene que haber sacado por lo menos un siete.
—Tisdale, cuatro. —Ash se queda sin habla.
—Su ejercicio debe de haber acabado por error entre estos— se disculpa la Giacci sonriendo. Ash lo recoge y regresa a su asiento. Por un momento, se lo había creído. Habría sido estupendo sacar un siete. Se sienta. La Giacci la mira sonriendo, luego se pone a leer de nuevo las notas de los últimos ejercicios. Lo ha hecho adrede, la muy cabrona. Ash está segura. Los ojos se le anegan las lágrimas a causa de la rabia. Caramba, ¿cómo ha podido tragárselo? Siete en una traducción de griego, es imposible. Tenía que haberse imaginado que allí había gato encerrado. Oye un susurro a su derecha. Su vuelve. Es Vanessa. Ash intenta sonreír con escasos resultados. Luego sorbe por la nariz. Vanessa le enseña una pañuelo. Ash asiente. Vanessa lo anuda y se lo tira. Ash lo coge al vuelo. Vanessa se inclina hacia ella.
—¡Llorona! Tendrías que hacer la camomila. Después de eso, el resto te parece una tontería.
Ash se echa a reír bien a gusto. La Giacci la mira enojada. Ash levanta la mano para disculparse, luego se suena y, aprovechando que tiene el pañuelo delante de la cara levanta el dedo del medio. Algunas compañeras que hay a su lado la ven y se echan a reír divertidas.
La Giacci da un puñetazo a la mesa.
—¡Silencio! Ahora pasaré a las preguntas.
Abre la lista.
—Salvetti y Ricci.
Las dos alumnas van hasta su mesa, entregan los cuadernos y esperan en la pared listas para ser fusiladas a preguntas. La Giacci mira de nuevo la lista. <Servanti.> Francesca Servanti se levanta de su pupitre aturdida. Ese día no le tocaba a ella. Tenía que preguntar a Salvetti, Ricci y Festa. Todas lo saben. Va en silencio hasta la mesa y entrega su cuaderno tratando de disimular su desesperación. En realidad, resulta bastante evidente. No se ha preparado mínimamente. La Giacci recoge los cuadernos y hace una pila con ellos, alineando sus bordes con ambas manos.
—Bien, con vosotras acabo la ronda de preguntas, luego espero poder dar por concluido el griego. Estudiaremos más latín. Bueno, os lo quería decir… Lo más probable es que sea esta la materia que salga…
Menudo descubrimiento, piensa para sus adentros la mayoría de la clase. Solo una de las alumnas sigue dándole vueltas a otra cosa. Silvia Festa. ¿Por qué la Giacci no la ha llamado? ¿Por qué no le ha preguntado a ella en lugar de a Servanti, como habría sido lo justo? ¿Es posible que la Giacci esté planeando algo para ella? Y eso que su situación no es de las mejores. Tiene dos cincos y no es realmente el caso de empeorarla. Por otra parte, la profesora no se puede haber equivocado. La Giacci no se equivoca nunca. Esta es una de las reglas del oro del Falconieri.
Silvia Festa necesita su tercera interrogación que, además, le corresponde. Procurando que no la vean, trata de llamar la atención de Vanessa.
—Lo siento, no sé qué decirte. Yo también creo que debería preguntarte a ti.
—¿Qué quieres decir? ¿Qué la Giacci se ha equivocado?
—Puede. Pero ya sabes cómo es. Mejor no decírselo.
—Sí, pero si no se lo decimos no me admitirán en los exámenes.
Vanessa abre los brazos.
—No sé qué hacer.
Lo siente de veras. Empieza el interrogatorio. Silvia se agita nerviosa en su pupitre. No sabe cómo comportarse. Al final, se decide a intervenir. La Giacci la ve.
—Sí, Festa, ¿qué pasa?
—Disculpe, profesora. No quiero molestarla. Pero creo que a mí me falta la tercera interrogación. —Festa sonríe intentando que pase inobservado el hecho de que, de este modo, la está acusando de haberse equivocado. La Giacci resopla.
—Veamos. —Coge dos cuadernos para comprobarlo. Casi parece que esté jugando a las batallas navales, solo que sobre la lista.
—Festa… Festa… Aquí está: le pregunté el dieciocho de marzo y, naturalmente, tiene una nota negativa. ¿Satisfecho? Es más —controla las otras notas—, no sé si será admitida a los exámenes.
Un triste <gracias> sale de la boca de Silvia. Prácticamente, la han hundido. La Giacci retoma su interrogatorio con aire altanero. Vanessa controla su cuaderno. Dieciocho de marzo. De hecho, la fecha en la que interrogó a Servanti. No hay duda. La Giacci se debe de haber equivocado. Pero, ¿cómo puede probarlo? Es su palabra contra la de la profesora. Significaría otra comunicación. Pobre Festa, qué mala suerte. De este modo se juega realmente el año. Abre las hojas de las otras materias. Dieciocho de marzo. Es un jueves. Controla también el resto de las lecciones. Qué extraño, aquel día a Festa no le preguntaron en las otras asignaturas. Puede que sea una casualidad, pero también es posible que no. Se inclina sobre el pupitre.
—Silvia.
—¿Qué pasa? —Festa parece destrozada. No es para menos, pobrecita.
—¿Me pasas tu cuaderno?
—¿Por qué?
—Quiero ver una cosa.
—¿El qué?
—Luego te lo digo… Pásamelo, venga.
Por un momento, una triste luz de esperanza se enciende en los ojos de Silvia. Le pasa el cuaderno. Vanessa lo abre. Va hasta las últimas páginas. Silvia la mira esperanzada. Vanessa sonríe. Se gira hacia ella y le devuelve el cuaderno.
—¡Tienes suerte! —Silvia esboza una sonrisa. No parece muy convencida.
Vanessa levanta repentinamente la mano.
—Perdone, profesora…
La Giacci se vuelve hacia ella.
—¿Qué pasa, Hudgens? ¿A ti tampoco te he preguntado? ¡Hoy estáis realmente pesadas, eh, muchachas…! Venga, ¿qué pasa?
Vanessa se levanta. Permanece por un instante en silencio. Los ojos de la clase están clavados en ella. Sobre todo  los de Silvia. Vanessa mira a Ash. También ella, como las otras, espera curiosa. Le sonríe. En el fondo, es justo hacerlo. La Giacci ha puesto adrede el ejercicio de Ash entre aquellos que habían recibido un siete.
—Le quería decir, profesora, que se ha equivocado.
Un murmullo general recorre la clase. Las alumnas se revuelven. Vanessa mantiene la calma.
La Giacci enrojece de rabia pero no pierde el control.
—¡Silencio! ¿Ah, sí, Hudgens, y se puede saber en qué?
—Usted no puede haber preguntado a Silvia Festa el dieciocho de marzo.
—Cómo que no, está escrito aquí, en mi lista. ¿Lo quiere ver? Aquí está, dieciocho de marzo, un menos para Silvia Festa. Empiezo a pensar que a usted le gustan las comunicaciones.
—Esa nota es de Francesca Servanti. Se equivocó usted al escribirla y se la puso a Festa.
La Giacci parece explotar de rabia.
—¿Ah, sí? Bueno, ya sé que usted lo marca todo en su diario. Pero es su palabra contra la mía. Y si yo digo que ese día le pregunté a Festa, eso quiere decir que es así y basta.
—Yo, en cambio, le digo que no. Se ha equivocado usted. El dieciocho de marzo no puede haber interrogado a Silvia Festa.
—¿Ah, sí? ¿Y por qué?
—Porque ese día Silvia Festa estaba ausente.
La Giacci palidece. Coge la lista general y empieza a hojearlo hacia detrás, fuera de sí. Veinte, diecinueve, dieciocho de marzo. Controla frenéticamente las ausencias. Benucci, Marini, ahí está. La Giacci se encoge en su silla. Apenas puede creer lo que ve. Festa. Ese apellido escrito por su propia mano, impreso con letras de fuego. Su vergüenza. Su error. Es suficiente. La Giacci mira a Vanessa. Está destrozada. Vanessa se sienta lentamente. El resto de sus compañeras se vuelve a turnos hacia ella. Un susurro general se va alzando poco a poco en la clase.
—¡Bien hecho, Vanessa, bien hecho! —Vanessa finge no oírles. Pero aquel gradual murmullo llega a oídos de la Giacci, esas palabras se clavan en ella como terribles agujas de hielo, frías, punzantes, como el peso de aquella derrota. Hacer el ridículo de esa manera delante de la clase. Y, por si fuera poco, aquellas frases graves que apenas alcanza a pronunciar, que no hacen sino recalcar el error.
—Servanti vaya a su sitio. Venga, Festa. —Vanessa baja la mirada sobre el pupitre. Se ha hecho justicia. Luego levanta la cara poco a poco. Mira a Ash. Sus miradas se cruzan y mil palabras vuelan silenciosas entre aquellos dos pupitres. A partir de hoy la Giacci se puede equivocar. La legendaria regla de oro hecha añicos. Cae, resquebrajándose en mil pedazos como un frágil cristal que se ha deslizado de las manos de una criada joven e inexperta. Pero Vanessa no ve a ninguna patrona enojada. Dondequiera que mire, solo ve los ojos felices de sus compañeras, orgullosas y divertidas por su valentía. Acto seguido mira más lejos. La Giacci no le quita ojo. Su mirada, carente de expresión, tiene la dureza de una piedra gris sobre la cual han esculpido con dificultad la palabra odio. Por un momento, Vanessa lamenta no haberse equivocado.

miércoles, 17 de agosto de 2011

Capitulo 26.

Un ruido insistente. El despertador.
Ash lo apaga. Se desliza silenciosamente fuera de la cama y se viste. Mira a Vanessa. Apenas se ha movido y duerme tranquila boca arriba. Ash se acerca a la pequeña repisa de madera que hay colgada en la pared. U2, All Saints, Robbie Williams, Elisa, Tizano Ferro, Cremonini, Madonna. Hace falta realmente algo especial. Ahí está. Controla el volumen y lo baja.luego roza apenas el botón de PLAY. Settemila caffe. Britti empieza a cantar dulcemente. El volumen es el adecuado. Vanessa abre los ojos. Se da la vuelta sobre el almohadón hasta quedar boca abajo. Ash le sonríe.
—Hola.
Vanessa se vuelve hacia el otro lado. Su voz le llega un poco ahogada.
—¿Qué hora es?
—Las siete menos cinco.
Ash se acerca a ella y le da un beso en la mejilla.
—¿Hacemos las paces?
—Como mínimo necesito un cruasán al chocolate de Lazzareschi.
—No hay tiempo, mi madre llegará dentro de nada y tengo que ir a hacerme el análisis.
—Entonces no hay paz que valga.
—Anoche fuiste muy valiente.
—He dicho que no quiero volver a hablar de eso.
Ash alarga los brazos.
—Está bien, como quieras. Eh, ¿qué le digo a tu madre si me la encuentro al salir?
—Buenos días.
Vanessa le sonríe y tira hacia arriba de la sábana. Ash coge la bolsa con los libros y se la echa al hombre. Está feliz, han hecho las paces. Vanessa es estupenda y, además, ahora es una camomila. Ash cierra con cuidado la puerta, como un rayo, cruza de puntillas el pasillo. La puerta de casa todavía está cerrada con llave. Descorre el cerrojo y, justo cuando está a punto de salir, oye una voz a sus espaldas.
—¡Ash!
Es Gina, con una bata rosa, la cara sin maquillaje, ligeramente pálida y, sobre todo, estupefacta. Ash decide seguir el consejo de Vanessa y con un <Buenos días, señora> desaparece por las escaleras. Sale del portal y llega hasta la verja. Se madre todavía no ha llegado. Se sienta en el muro a esperarla. Un tibio sol asciende frente a ella, el encargado de la gasolinera quita la cadena a los surtidores, algunos señores salen apresuradamente del quiosco que hay enfrente, llevando bajo el brazo el peso de noticias más o menos catastróficas.
A la luz del día, no le cabe ya la menor duda. No le gustaría que Gina fuera su madre, para nada, aunque sea mucho más puntual que la suya.
Vanessa entra en el baño. Se cruza con su cara en el espejo. No es de las mejores. Hacer de camomila no favorece, por lo menos a ella. Abre el grifo del agua fría, la deja correr durante un rato, luego se lava enérgica la cara.
Stella aparece detrás de ella.
—¡Cuéntame todo! ¿Cómo fue? ¿Cómo es el invernadero? ¿Es de verdad tan divertido como dicen? ¿Viste a alguien de nuestras amigas?
Vanessa abre el tubo de pasta de dientes, empieza a apretarlo por el fondo tratando de hacer desaparecer la huella del pulgar de Stella que lo ha abollado justo en la mitad.
—Es una tontería. Un grupo de macarras que arriesga inútilmente la vida y de vez en cuando alguno llega incluso a perderla.
—Sí, pero ¿hay tanta gente? ¿Qué haces? ¿Adónde se va después? ¿Has visto que guays, las camomilas? Que valor, ¿eh? ¡Yo no sería capaz de hacerlo!
—Yo lo he hecho…
—¿De verdad? ¿Has hecho de camomila? ¡Guau! Mi hermana es una camomila.
—Bueno, tampoco es para tanto, te lo aseguro, y, ahora, tengo que prepararme.
—¡Siempre haces lo mismo! Contigo una no se puede dar nunca el gusto. ¿De qué sirve tener una hermana mayor si luego nunca te cuenta nada? ¡De todas formas, Andrea y yo hemos decidido ir la semana que viene! ¡Y si tengo ganas, yo también haré la camomila! —Stella sale resoplando del baño. Vanessa se ríe para sus adentros, acaba de lavarse los dientes y luego coge el cepillo. Es imposible. Stella se ha vengado a distancia.  Algunos pelos largos y negros yacen inmóviles y enredados entre las púas. Vanessa los coge con la mano y los arroja al váter. Luego tira de la cadena y empieza a peinarse.
Stella vuelve a aparecer en la puerta.
—¿Dónde has puesto las Superga que te presté ayer por la noche?
—Las he tirado.
—¿Cómo que la has tirado? ¿Mis Superga nuevas…?
—Lo que has oído, las he tirado. Acabaron dentro de un montón de estiércol y estaban tan estropeadas que no me quedó más remedio que tirarlas. Además, si no lo hacía, Zac no me quería acompañar a casa.
—¿Has acabado en un montón de estiércol y después Zac te ha acompañado a casa? ¿Y cuándo has hecho de camomila?
—Antes.
—¿Detrás de Zac?
—No.
Stella sigue descalza a Vanessa hasta su habitación.
—Pero bueno, Vanessa, ¿me cuentas cómo ha ido?
—Oye, Stella, hagamos un pacto, si a partir de hoy limpias el cepillo después de haberte peinado con él, yo te lo cuento todo dentro de unos días, ¿vale?
Stella resopla.
—De acuerdo.
Luego vuelve a su habitación. Vanessa se pone el uniforme. No le contará nunca nada, lo sabe ya. Puede que Stella limpie el cepillo por unos días, eso es todo. Es superior a sus fuerzas.
Gina entra en la habitación de Vanessa.
—¿Ash ha dormido aquí?
—Sí, mamá.
—¿Dónde?
—En mi cama.
—Pero ¿cómo es posible? Cuando entré ayer en tu habitación para darte un beso estabas solo tú.
—Llegó más tarde. No podía quedarse en su casa porque su madre daba una cena.
—¿Y dónde estuvo antes?
—No lo sé.
—Vanessa, no quiero ser responsable también por ella. Piensa que si le hubiera pasado algo mientras que su madre creía que estaba en nuestra casa…
—Tienes razón, mamá.
—La próxima vez quiero saber antes si se queda a dormir con nosotros.
—Pero si yo te lo dije, antes de que te fueras a casa de los Pentesti, ¿no te acuerdas?
Gina se queda pensativa por un momento.
—No, no me acuerdo.
Vanessa le sonríe ingenuamente como diciendo <¿y yo qué puedo hacer?>. En cualquier caso, sabe que es imposible que se acuerde. No se lo dijo.
—No me gustaría tener una hija como Ash. Siempre está en la calle por la noche y a saber en qué líos se mete. No me gusta esa chica, acabará mal, ya lo verás.
—No hace nada malo, mamá, le gusta divertirse, pero te lo aseguro que es buena.
—Lo sé, pero yo te prefiero a ti.
Gina le sonríe y le hace una caricia bajo la barbilla, luego sale de la habitación. Vanessa sonríe. Sabe cómo tratarla. Es un período, sin embargo, en el que dice muchas mentiras. Se propone dejar de hacerlo. Pobre Ash, incluso cuando no tiene nada que ver resulta culpable. Decide perdonarla. Todavía queda por arreglar el problema  de Pollo, desde luego, pero todo a su debido momento. Se pone la falda. Se para delante del espejo, se recoge el pelo, despejando la cara, y lo sujeta con dos pequeños ganchos a ambos lados. Se contempla mientras la música sale del estéreo. Vanessa nota cuánto se parece a su madre. No, aunque se enterase de todo lo que ha organizado, Gina no la cambiará nunca por Ash, se parecen demasiado.
Es uno de esos raros casos en los que, incluso sin saberlo, todos están de acuerdo.



El sol se filtra alegre por la ventana de la cocina. Vanessa acaba de comer sus galletas integrales y bebe la última gota de café con leche que ha dejado adrede en la taza. Stella excava a conciencia. Su cucharita se agita nerviosa en la cajita de plástico de un pequeño flan, tratando de atrapar irritada el último trozo de chocolate que se esconde una de las grietas del fondo. Gina ha comprado casi todo lo que habían escrito en la lista. Greg está feliz. Puede que a causa de algún horóscopo positivo pero lo más probable es que sea porque, finalmente, ha conseguido beberse el ansiado café. Ha borrado incluso sobre la cafetera grande.
—Vanessa, hoy hace un día precioso. Hay un sol… y no creo que haga mucho frío. He hablado ya con tu madre y estamos de acuerdo. Aunque te hayan puesto esa nota… ¡Hoy podéis ir en Vespa al colegio!
—Gracias, papá, sois muy buenos. Pero, sabes, he pensado mucho en lo que hablamos el otro día, y puede que tú también tengas razón. Ir por la mañana al colegio, juntos, Stella, tú y yo se ha convertido ya en casi un rito, en un amuleto. Y, además, es un bonito momento: podemos hablar de todo, comenzar juntos el día; es mucho más agradable así, ¿no te parece?
Stella no puede creer lo que oye.
—Vanessa, perdona, vayamos en Vespa. Con papá podemos hablar siempre, podemos estar juntos por la noche mientras cenamos, el domingo por la mañana.
Vanessa le aprieta el brazo, quizá demasiado fuerte.
—Pero, no, Stella, es mejor así, en serio, vamos con él. —Se lo aprieta de nuevo—. Acuérdate, además, de lo que te dije ayer por la noche: no me acuerdo muy bien. A partir de la semana que viene iremos en Vespa, para entonces hará más calor. —Este último apretón no deja lugar a dudas. Es un mensaje. Stella es realmente una muchacha intuitiva, más o menos.
—Sí, papá, Vanessa tiene razón, vamos contigo.
Greg bebe feliz el último sorbo de café. Es bonito tener dos hijas así. No sucede a menudo que uno se siente tan querido.
—Está bien, chicas, en ese caso vamos, si no llegaremos tarde al colegio. —Greg va al garaje a coger el coche mientras Vanessa y Stella se quedan esperándolo en el portal.
—¡Finalmente lo has entendido! ¿Acaso querías que te rompiera el brazo?
—Me lo podías haber dicho antes, ¿no?
—¿Y yo qué sabía que hoy nos dejarían ir en Vespa?
—Pero ¿por qué, no la quieres usar?
—Fácil, porque no está.
—¿No está la Vespa? ¿Y dónde está? ¿No saliste con ella ayer por la noche?
—Sí.
—¿Y entonces? ¿Te caíste también con la Vespa en el estiércol y la has tirado?
—No, la dejé en el invernadero, y cuando volvimos ya no estaba.
—¡No te creo!
—Créeme.
—¡No quiero creérmelo! Mi Vespa.
—Si es por eso, me la regalaron a mí.
—Sí, pero ¿quién la trucó? ¿Quién hizo cambiar el colector? El año que viene papá y mamá te comprarán el coche y la moto habría sido para mí. No me lo puedo creer.
Greg frena delante de ellas. Baja la ventanilla eléctrica.
—Vanessa, ¿se puede saber dónde está la Vespa? No está en el garaje.
Stella cierra los ojos, ahora sí que no le queda más remedio que creérselo.
—Nada, papá, la he puesto detrás, en el patio. Te molesta mucho para maniobrar. Creo que es mejor dejarla fuera.
—¿Bromeas? Métela enseguida dentro. ¿Y si luego te la roban? Mira que tu madre y yo no tenemos ninguna intención de compraros otra. Métela enseguida, venga. Ten, aquí tienes las llaves.
Stella sube detrás mientras Vanessa se aleja hacia el garaje fingiendo buscar la lleve justa. Una vez en el patio, Vanessa se pone a pensar. ¿Y ahora qué hago? Tengo que encontrar la Vespa antes de esta noche. Si no, tendré que buscar otra solución. Maldita Ash, ella me metió en este lío y ella será la que me saque de él. Vanessa oye el ruido del Mercedes que llega hasta allí haciendo marcha atrás. Corre hacia el garaje. Se inclina sobre la puerta metálica. Justo a tiempo. El Mercedes se asoma por la esquina y se para allí delante. Vanessa finge cerrar el garaje y se dirige sonriendo hacia el coche.
—Ya está, la he puesto en su sitio.
A pesar de que Vanessa se considera una actriz consumada, quizá sea conveniente encontrar la Vespa lo antes posible. Mientras sube al coche, nota que la observan. Alza los ojos. Tiene razón.
El chico que vive en el segundo piso está asomado. Debe de haberlo visto todo. Mejor dicho, en realidad no ha visto nada, precisamente por eso tiene ese aire de perplejidad. Ella le sonríe tratando de tranquilizarlo. Él le devuelve la sonrisa, pero es evidente que hay algo que no entiende.
El Mercedes se pone en marcha. Vanessa devuelve las llaves a su padre y le sonríe. —¿La has pegado bien contra la pared?
—Sí. Ahora es imposible que te moleste. —Vanessa se vuelve hacia Stella. Está sentada con los brazos cruzados. Negra.
—Venga, Stella, ¡iremos al colegio en Vespa la semana que viene!
—Eso espero.
—El Mercedes se detiene a la salida de la urbanización delante de la barra que empieza a alzarse lentamente. Greg saluda al portero quien le hace una señal para que se pare un momento. Sale de su garita con un paquete en la mano.
—Bueno días, señor, perdone, han dejado este paquete para Vanessa.
Vanessa lo coge curiosa. El Mercedes arranca dulcemente de nuevo mientras la ventanilla se cierra. Stella se inclina hacia delante muerta de curiosidad. También Greg mira de reojo para ver de qué se trata. Vanessa sonríe.
—¿Quién quiere un trozo? Es un cruasán de chocolate de Lazzareschi.
Vanessa parte el cruasán con las manos.
—¿Papá? —Greg hace un gesto negativo con la cabeza.
—¿Stella?
—No, gracias.  —Tal vez esperaba que en aquel paquete hubiera noticias de <su Vespa>.
—Mejor, así me lo como todo yo. No sabéis lo que os estáis perdiendo… —Ash es realmente un encanto, siempre sabe cómo hacerse perdonar. Ahora solo le queda encontrar la Vespa antes de las ocho.

martes, 16 de agosto de 2011

Capitulo 25.

Zac desciende por el Lungotevere, adelanta en zigzag a dos o tres coches, acto seguido, mete la tercera y acelera. La municipal sigue a sus espaldas. Si consigue llegar a la plaza Trilussa se los quitará de encima. Por el espejito ve al coche acercarse peligrosamente. Dos coches delante de él. Zac reduce dando gas. Tercera. La moto acelera hacia delante. Pasa rozando las puertas. Uno de los dos coches se hace a un lado asustado. El otro continúa su carrera en medio de la calle. El conductor, alelado, no se ha dado cuentas de nada. La policía se echa completamente a la derecha. Las ruedas suben haciendo ruido sobre el borde de la acera. Zac ve ante sus ojos la plaza Trilussa. Reduce de nuevo. Atraviesa la calle de derecha a izquierda. El conductor alelado frena bruscamente. Zac emboca el callejón que hay frente a la fuente que une los dos Lungotevere. Pasa entre dos pilones bajos de mármol. La policía municipal frena. No puede pasar. Zac acelera. Lo ha conseguido. Los dos policías bajan del coche. Solo les da tiempo a ver a una pareja de enamorados y a un grupo de muchachos apresurándose a subir la estrecha acera para dejar pasar a aquel loco que conduce con una moto con los faros apagados. Zac mantiene la velocidad durante un rato. Luego mira en el espejito. A sus espaldas todo parece tranquilo. Solo algún que otro coche a lo lejos. El tráfico nocturno. Enciende las luces. Solo faltaría que ahora lo detuvieran por eso.


Greg abre la nevera y se sirve un vaso de agua.
Gina se dirige a los dormitorios. Antes de acostarse da siempre un beso de buenas noches a sus hijas, un poco por costumbre, pero también para asegurarse de que hayan vuelto. Esa noche ni siquiera tenían previsto salir. Pero nunca se sabe. Es mejor controlar. Entra en la habitación de Stella. Camina sin hacer ruido, con cuidado para no tropezar con la alfombra. Apoya una mano sobre la mesita. La otro en la pared. Luego se inclina hacia delante, lentamente, y roza su mejilla con los labios. Duerme. Gina se aleja de puntillas. Cierra despacio la puerta. Stella se vuelve lentamente. Se incorpora apoyándose en un costado. Ahora viene lo bueno. Gina baja silenciosamente el picaporte de la puerta de Vanessa y la abre. Ash está en la cama. Ve el ángulo de luz del pasillo que poco a poco se dibuja sobre la pared, ensanchándose. El corazón empieza a latirle con fuerza. Y ahora, si me descubren, ¿qué les cuento? Ash permanece de espaldas, inmóvil, tratando de no respirar. Siente un ruido de collares: debe de ser la madre de Vanessa. Gina se acerca a la cama, se inclina lentamente hacia delante. Ash reconoce su perfume. Es ella. Contiene la respiración, a continuación siente cómo su beso le roza la mejilla. Es el beso suave y afectuoso de una madre. Es verdad. Las madres son todas iguales: preocupadas y buenas. ¿Serán también todas las hijas idénticas para ellas? Así lo espera. Gina pone en orden la colcha, la tapa delicadamente con el borde de la sábana. Luego, de repente, se detiene. Ash sigue inmóvil, a la espera. ¿Habrá descubierto algo? ¿La habrá reconocido? Siente un ligero crujido. Gina se ha inclinado. Puede sentir su cálido aliento cerca, demasiado cerca. Luego oye sobre la moqueta unas pisadas ligeras que se alejan. La débil luz del pasillo desaparece. Silencio. Finalmente respira. Ya pasó. Se mueve hacia delante. ¿Por qué se habrá inclinado la madre de Vanessa? ¿Qué habrá hecho? En la penumbra de la habitación, sus ojos acostumbrados a la oscuridad encuentran de inmediato la respuesta. A los pies de la cama, colocadas perfectamente la una junto a la otra, se encuentran las zapatillas de Vanessa. Gina las ha puesto en sus sitio, ordenadamente. Listas para acoger a la mañana siguiente los pies de su hija todavía caldeados por el sueño. Ash se pregunta si su madre habría hecho lo mismo. No, ni siquiera se le ocurriría. Alguna que otra noche se ha quedado despierta esperando su beso. En vano. Sus padres volvieron tarde. Los oyó hablar, pasar de largo por delante de su puerta. Luego aquel ruido. La puerta de su dormitorio, que se cerraba. Y, con ella, sus esperanzad se desvanecían. Bueno, son dos madres diferentes. Siente unos escalofríos extraños por todo el cuerpo. No, en cualquier caso, no le gustaría tener por madre a Gina. Entre otras cosas, no le gusta su perfume. Es demasiado dulzon.



Zac sale al sendero. Al llegar delante de la verja donde la ha dejado, frena levantando una nube de polvo. Mira a su alrededor. Vanessa no está allí. Toca el claxon. No hay respuesta. Apaga la moto. Prueba a llamarla.
—Vanessa.
Nada. Ha desaparecido. Cuando está a punto de volver a encender la moto, oye de repente un crujido a su derecha. Llega desde detrás de la valla.
—Estoy aquí.
Zac mira por entre los tablones de madera oscura.
—¿Dónde?
—¡Aquí!
Una mano se asoma por un espacio libre que hay entre dos tablones.
—¿Qué haces ahí detrás?
Zac ve sus grandes ojos marrones. Aparecen solitarios sobre su mano, entre otros dos tablones. Los ilumina la débil luz de la luna y parecen asustados.
—Vanessa, sal de ahí.
—¡No puedo, tengo miedo!
—¿Miedo? ¿De qué?
—Hay un perro enrome ahí detrás y va sin bozal.
—Pero ¿dónde? Aquí no hay ningún perro.
—Antes sí que estaba.
—Bueno, escucha, ahora no está.
—Aunque no esté el perro no puedo salir de todos modos.
—¿Por qué?
—Me da vergüenza.
—¿De qué tienes vergüenza?
—De nada, no quiero decírtelo.
—Oye, ¿te has vuelto idiota? Bueno, yo ya me he hartado. Ahora arranco y me voy.
Zac enciende la moto. Vanessa golpea los tablones con las manos.
—No, espera.
Zac apaga de nuevo la moto.
—¿Entonces?
—Salgo ahora, pero tienes que prometerme que no te reirás.
Zac mira aquel extraño trozo de madera con ojos marrones y se lleva la mano derecha al corazón.
—Prometido.
—Me lo has prometido, ¿eh?
—Sí, ya te lo he dicho.
—Seguro, ¿eh?
—Seguro.
Vanessa mete las manos entre las grietas esperando no hacerse daño con ninguna astilla. Un <ay> ahogado. Zac sonríe. No ha tenido bastante cuidado. Vanessa está encima de la valla, pasa por encima de ella y empieza a bajarla. Al final de un salto. Zac gira el manillar de la moto hacia ella, iluminándola con el faro.
—Pero ¿qué has hecho?
—Para escapar del perro he saltado la valla y me he caído.
—¿Te has manchado de barro?
—Qué va… es estiércol.
Zac suelta una carcajada.
—Dios mío, estiércol… No, no es posible. Me va a dar algo. —No puede parar de reírse.
—Dijiste que no te reirías. Lo prometiste.
—Sí, pero esto es demasiado. ¡Estiércol!  No me lo puedo creer. Tú en el estiércol. Es demasiado bonito para ser verdad. ¡No se puede pedir más!
—Sabía que no me podía fiar de ti. Tus promesas no valen nada.
Vanessa se acerca a la moto. Zac deja de reírse.
—¡Alto! Detente. ¿Qué haces?
—¿Cómo que qué hago? Subo.
—Pero bueno, ¿estás loca? ¿Pretendes subir en mi moto en ese estado?
—Claro que sí, si no, ¿qué hago? ¿Me desnudo?
—Ah, no sé. Sea como sea, tú no subes en mi moto así de sucia. ¡Estiércol, por si fuera poco! —Zac se echa a reír de nuevo—. Dios mío, no me puedo contener…
Vanessa lo mira exhausta.
—Oye, es una broma, ¿no?
—En absoluto. Si quieres te doy mi cazadora y así te tapas con ella. Pero quítate antes esa ropa. Si no, te juro que en la moto no subes.
Vanessa resopla. Está negra de rabia. Pasa por su lado. Zac se tapa la nariz, exagerando.
—Dios mío… Es insoportable…
Vanessa le da un golpe, luego va detrás de la moto, junto al faro posterior.
—Mira, Zac. Te juro que si mientras me desnudo te das la vuelta, salto sobre ti con todo el estiércol que tengo encima.
Zac sigue con la mirada clavada hacia delante.
—De acuerdo. Dime cuándo te tengo que pasar la cazadora.
—Mira que lo digo en serio. Yo no soy como tú. Yo mantengo mis promesas.
Vanessa controla por última vez que Zac no se dé la vuelta, luego se quita lentamente el suéter, teniendo mucho cuidado para no ensuciarse. Debajo no lleva casi nada. Lamenta no haberse puesto una camiseta para no perder tiempo. Mira de nuevo a Zac.
—¡No te vuelvas!
—¿Y quién se mueve?
Vanessa se inclina hacia delante. Se quita las zapatillas. Basta un momento. Zac es rapidísimo. Dobla el espejito lateral izquierdo inclinándolo hacia ella, centrándola. Vanessa se incorpora. No se ha dado cuenta de nada. Lo controla de nuevo. Bien. No se ha dado la vuelta. En realidad, sin que ella se dé cuenta, Zac la está mirando. Está reflejada sobre el espejito. Tiene un sostén de encaje transparente y la piel de gallina en los dos brazos. Zac sonríe.
—¿Quieres darte prisa, cuánto te falta?
—Ya casi he acabado, pero ¡tú no te des la vuelta!
—Te he dicho que no, no lo repitas más, venga.
Vanessa se desabrocha los vaqueros. Luego, poco a poco, tratando de ensuciarse lo menos posible, se inclina hacia delante acompañándolos hasta los pies, ahora desnudos sobre aquellas frías piedras polvorientas. Zac dobla hacia abajo el espejito siguiéndola con la mirada. Los vaqueros bajan lentamente dejando a la vista sus piernas lisas y pálidas en aquella tenue luz nocturna. Zac canturrea Yoy can leave your hat on, imitando la voz de Joe Cocker.
—Nada que ver con Nueve semanas y media…
Vanessa se vuelve de golpe. Sus ojos iluminados por el débil farolito rojo se cruzan con la mirada divertida de Zac que le sonríe maliciosamente en el espejito.
—No me he dado la vuelta, ¿no?
Vanessa se apresura a liberarse de los vaqueros y salta detrás de él sobre la moto en bragas y sostén.
—¡Canalla, asqueroso, bastardo! ¡Cerdo! —Lo aporrea.
Sobre los hombros, el cuello, la espalda, la cabeza. Zac se dobla hacia delante tratando de protegerse lo mejor posible.
—¡Ay, basta! Ay. ¿Qué he hecho de malo? He echado una miradita, pero no me he dado la vuelta, ¿no? He mantenido mi palabra… Ay, mira que no te doy la cazadora.
—¿Qué? ¿Qué no me la das? Entonces cojo mis vaqueros y te los paso por la cara, ¿quieres verlo?
Vanessa empieza a quitarle la cazadora subiéndosela por las mangas.
—Está bien. Está bien. ¡Basta! Cálmate. Venga, no hagas eso. Ahora te la doy.
Zac deja que se la quite. Acto seguido, enciende la moto, Vanessa le da un último puñetazo.
—¡Cerdo! —Luego se mete deprisa la cazadora intentando taparse lo más posible con ella. El resultado es escaso. Las dos piernas se quedan fuera, incluido el borde de las bragas.
—Eh… ¿sabes que no estás mal? Deberías lavarte más a menudo… Pero tienes un culo realmente bonito… En serio.
Ella intenta darle un golpe en la cabeza. Zac se inclina inmediatamente riéndose. Mete la primera y arranca. Luego hace como si olfateara el aire.
—Eh, ¿notas tú también un olor extraño?
—¡Imbécil! ¡Conduce!
—Parece estiércol…
En ese momento, de detrás de un arbusto que hay delante que ellos, sale un perro lobo. Corre hacia ellos ladrando. Zac lo apunta con la moto. El faro lo deslumbra por un instante. Sus ojos rojos brillan rabiosos en la noche. Muestra los dientes al gruñir, blancos y afilados.
Basta ese instante. Zac reduce. Da gas apartándose con la moto. El perro echa a correr de nuevo. Los roza por un pelo saltando lateralmente con la boca abierta. Vanessa chilla. Levanta las piernas desnudas y se agarra con fuerza a los hombros de Zac. El perro casi los alcanza. La moto acelera. Primera. Segunda. Tercera. A todo gas. Se aleja en la noche. El perro la sigue enfurecido. Luego va perdiendo terreno. Al final se para. Se desahoga ladrando a lo lejos. Una nube de polvo y oscuridad lo envuelve gradualmente haciéndolo desaparecer del mismo modo en el que ha aparecido. La moto sigue corriendo en el húmedo frío de los verdes campos. Vanessa tiene todavía las piernas apretadas alrededor de la cintura de Zac. Poro a poco, la moto reduce la marcha. Zac le acaricia la pierna.
—Por poco, ¿eh?, y estos bonitos muslos acaban mal. Entonces era cierta la historia del perro…
Vanessa le quita la mano de la pierna y la hace caer a un lado.
—No me toques. —Se impulsa hacia atrás en el sillín, volviendo a poner los pies sobre los pedales y se cierra la cazadora. Zac le pone de nuevo la mano sobre la pierna—. ¡Te he dicho que no me toques con esa mano! — Vanessa se la quita. Zac sonríe y cambia de mano. Vanessa le aparta también la derecha.
—¿Ni siquiera puedo con esta?
—¡No sé qué es peor si el perro que llevaba detrás o el cerdo que tengo ahora delante! —Zac se ríe, sacude la cabeza y acelera.
Vanessa se cierra aún más la cazadora. ¡Qué frio! ¡Qué noche! ¡Qué lío! Maldita Ash. Vuelan en la noche. Al final llegan sanos y salvos a casa. Zac se para delante de la barra. Vanessa se vuelve hacia Fiore. Lo saluda. El portero la reconoce y levanta la barra. La moto pasa bajo ella apenas sin esperar a que la barra finalice su recorrido hacia lo alto. Fiore no puede por menos que echa una ojeada a las bonitas piernas de Vanessa que asoman ateridas por debajo de la cazadora. Lo que hay que ver. En sus tiempos ninguna muchacha salía con  minifaldas como esa. Vanessa ve la puerta metálica del garaje cerrada. Sus padres han vuelto. Un peligro menos. ¿Qué habría podido inventar si la hubieran pillado en aquel momento detrás, sobre la moto de Zac y, sobre todo, en ropa interior? Prefiere no pensar en ello, la fantasía no le alcanza. Baja de la moto. Trata de taparse lo más posible con la cazadora. Nada que hacer. Le llega apenas al borde de las bragas.
—Bueno, gracias por todo. Oye, te tiro la cazadora por la ventana.
Zac le mira las piernas. Vanessa se agacha. La chaqueta baja un poco más, pero el resultado sigue siendo muy pobre. Zac sonríe.
—Puede que nos veamos otra vez. Veo que tienes argumentos muy interesantes.
—¿Te he dicho ya que eres un cerdo?
—Sí, creo que sí… Entonces, paso a recogerte mañana por la noche.
—No podría. Creo que no podría resistir otra noche como esta.
—¿Por qué, no te has divertido?
—¡Muchísimo! Yo hago siempre la camomila, todas las noches. Procuro que la policía me persiga durante un rato, me arrojo en medio de un campo desconocido, me dejo perseguir por un perro rabioso y, para acabar, me tiro sobre un montón de estiércol. Luego me revuelvo  un poco en él y a continuación regreso a casa en sostén y bragas.
—Con mi cazadora encima.
—Ah, claro, lo olvidaba.
—Y, sobre todo, no me has dicho una cosa.
—¿Qué?
—Que has hecho todo esto conmigo.
Vanessa lo mira. Qué tipo. Tiene una sonrisa preciosa. Qué lástima que tenga tantos defectos. En lo tocante al carácter. Sobre el físico no tiene nada que objetar. Al contrario. Decide sonreírle. A fin de cuentas, no le supone un gran esfuerzo.
—Sí, tienes razón. Bueno, hasta luego.
Vanessa hace ademán de alejarse. Zac le coge la mano. Esta vez con dulzura. Vanessa se resiste un poco, luego se deja hacer. Zac la atrae hacia él, acercándola a la moto. La mira. Tiene el pelo largo, despeinado, tirado hacia atrás por el viento frío de la noche. Su piel es morena, está helada. Sus ojos son intensos, buenos. Es guapa. Zac desliza una mano bajo la cazadora. Vanessa abre los ojos como platos, ligeramente asustada, emocionada. Siente subir su mano, extrañamente cálida. Por su espalda, hacia arriba. Se detiene junto al cierre del sostén. Vanessa se apresura a llevar su mano detrás. La pone encima de la suya, lo obliga a pararse. Zac le sonríe.
—Eres una buena camomila, ¿sabes? Eres valiente, mucho. Así que es cierto que no tienes miedo de mí. ¿Me denunciarás?
Vanessa asiente.
—Sí —susurra.
—¿En serio?
Vanessa hace un gesto afirmativo con la cabeza. Zac la besa en el cuello, varias veces, con delicadeza.
—¿Lo juras?
Vanessa asiente una vez más, después cierra los ojos. Zac sigue besándola. Sube, roza sus frescas mejillas, sus orejas congeladas. Un soplo caliente y provocativo la hace estremecerse más abajo. Zac se acerca al borde rosado de sus labios. Vanessa suspira temblando. Luego abre la boca, lista para acoger su beso. En ese momento, Zac se separa. Vanessa permanece así por un momento, con la boca entreabierta, los ojos cerrados, embelesados. Los abre de repente. Zac está delante de ella con los brazos cruzados. Sonríe. Sacude la cabeza.
—Ay, Vanessa, Vanessa. Así no se puede. Soy un cerdo, un animal, una bestia, un violento. Dices, dices, pero al final consientes… y hasta te dejarías besar. ¿Ves cómo eres? ¡Eres una incoherente!
Vanessa enrojece de rabia.
—¡Y tú un cabrón!
Empieza a darle puñetazos. Zac trata de protegerse mientras se ríe.
—¿Sabes a quién me has recordado antes? A un pez rojo que tenía cuando era pequeño. Estabas ahí, con la boca abierta, boqueando. Igual que hacía él cuando le cambiaba el agua y se me caía en el lavabo… —Vanessa le da un bofetada en plena cara.
—¡Ay! —Zac se toca divertido la mejilla—. Mira que te equivocas, con violencia no se consigue nada. ¡Tú también lo dices siempre! No creas que te voy a besar porque me pegues. Puede que, si me prometes que no me denunciarás…
—Yo te denunciaré, claro que sí. ¡Ya lo verás! Acabarás en la cárcel, te lo juro.
—Ya te he dicho que no tienes que jurar… en esta vida nuca se sabe…
Vanessa se aleja corriendo. La cazadora se la sube dejando al descubierto unas bonitas nalgas cubiertas por unas pequeñas bragas claras. Intenta taparse como puede, mientras mete la llave equivocada en la cerradura del portal.
—Eh, quiero que me des ahora la cazadora.
Vanessa lo mira con rabia. Se quita la cazadora y la tira al suelo. Se queda en bragas y sostén, en medio de aquel frío, con los ojos llenos de lágrimas. Zac la mira complacido. Tiene un bonito cuerpo, nada mal, en serio. Coge la cazadora y se la pone. Vanessa maldice aquellas llaves. ¿Dónde habrá ido a parar la del portal?
Zac enciende un cigarrillo. Tal vez haya hecho mal al no besarla. No demasiado, de todos modos, otra vez será. Vanessa encuentra finalmente la llave, abre el portal y entra. Zac se encamina hacia ella.
—Bueno, pececito, ¿no me das un beso de buenas noches?
Vanessa le tira prácticamente la puerta a la cara. Zac no puede oír lo que le dice a través del cristal, pero lo leer fácilmente en sus labios. Le aconseja o, mejor dicho, le ordena que se vaya a hacer algo a cierto sitio. Zac la contempla mientras se aleja. Desde luego, si ese sitio es tan bonito como el que tiene ella, no le importaría darse una vuelta por allí.



Vanessa abre lentamente la puerta de casa, entra y la vuelve a cerrar sin hacer ruido. Camina de puntillas por el pasillo y se mete en su habitación. ¡Salvada! Ash enciende la lámpara de la mesita.
—¡Eres tú, Vanessa! Menos mal, ¡estaba preocupadísima! Pero ¿por qué vas así? ¿Te ha desnudado Zac?
Vanessa coge un camisón del cajón.
—¡He acabado metida hasta las orejas en un montón de estiércol!
Ash olfatéa.
—Es verdad, huele. No sabes el miedo que pasé cuando vi caer aquella moto. Por un momento pensé que eras tú. Eres muy valiente. Genial. Les hemos dado una lección a esas dos fanfarronas. Oye, ¿adónde ha ido a parar mi cinturón de Camomilla?
Vanessa le lanza una mirada asesina.
—Ash, no quiero volver a oír hablar de cinturones, de camomilas, de Pollo, de carreras o de otras historias por el estilo. ¿Está claro? ¡Y te aconsejo que te calles, si no te saco a patadas de mi cama y te hago dormir en el suelo, es más, ¡te tiro fuera de casa!
—¡No serías capaz!
—¿Quieres probar?
Ash la mira. Decide que no conviene ponerla a prueba. Vanessa se dirige hacia el baño.
—Vanessa.
—¿Qué pasa?
—Di la verdad. ¿A que te has divertido con Zac?
Vanessa suspira. No hay nada que hacer. Es irrecuperable.


Zac salta la verja, atraviesa el jardín sin hacer ruido. Luego se acerca a la ventana. El cierre metálico está abierto. A lo mejor todavía no ha vuelto. Tamborilea con los dedos en el cristal. La cortina clara se abre. En la oscuridad aparece la cara sonriente de Maddalena.  Corre la cortina y se apresura  abrir la ventana.
—Hola, ¿dónde estabas?
—Me ha perseguido la policía.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien. Espero que no hayan anotado la matrícula.
—¿Has apagado los faros?
—Claro.
Maddalena se aparta. Zac salta ágilmente por la ventana y entra en su habitación.
—No hagas ruido. Mis padres acaban de llegar.
Maddalena cierra con llave la puerta, luego salta sobre la cama. Se mete bajo las sábanas.
—¡Brrr… qué frío! —Le sonríe. Se quita por la cabeza el camisón y lo hace caer a los pies de Zac. La débil luz de la luna entra por la ventana. Sus pequeños senos perfectos se distinguen claros en la penumbra. Zac se quita la cazadora. Por un momento, le parece sentir el olor del campo. Es extraño, parece mezclarse con otro perfume. No le presta demasiada atención. Se tumba a su lado. Maddalena lo abraza con fuerza. Zac desliza su mano hacia abajo, le acaricia la espalda, las caderas. Al subir de nuevo, se detiene entre las sus piernas. Maddalena suspira cuando la toca, luego lo besa. Zac mete su pierna entre las suyas. Maddalena lo detiene. Se acerca a la mesita. Encuentra a tientas el estéreo. Aprieta REW. Rebobina una cinta. Un ruido seco le avisa que está de nuevo al principio. Maddalena aprieta PLAY.
—Ya está.
Vuelve de nuevo a sus brazos.
—Ahora sí que no nos falta de nada. —Lo besa con pasión. De los altavoces del estéreo salen como en un murmullo las notas de la canción Ti sposeró perché. Las voz de Eros  acompaña dulcemente sus suspiros.
Es cierto, puede que sea ella la mujer que le va. Maddalena sonríe. Susurra  entre el fresco crujido de las sábanas:
—Esta es una de las veces en las que hay que saber moverse… ¿verdad?
—Así es.
Zac le besa el pecho. Está seguro. Madda es la mujer que le va. Luego, de repente, recuerda el extraño perfume de su cazadora. Es Caronne. Recuerda también a quién pertenece. Y, por un momento, en la oscuridad de aquella habitación, deja de estar tan seguro.